LUNA QUE SE QUIEBRA

                       Noches de ronda en Atoyac

En la Pozolería Pesetos de San Jerónimo canta Peseto hijo acompañado de otro cuate al piano. Peseto se encarga de la lira, como Peseto padre al que me referiré como El Zurdo Peseto. Un lugar como ese hace falta en Atoyac. Allí se amenizan los cumpleaños, alguna fecha importante o simplemente ir al pozole y oír música. Esto no es comercial. Es un recuerdo de El Zurdo Peseto que conocí allá por 1974 cuando yo andaba en mis diecisiete. Al recordar al Zurdo (cuyo nombre era Francisco Montor) inevitablemente surge una liga con la palabra “bohemio”.

Bohemia existe geográficamente y cuando su gente migraba, los nativos del pueblo al que llegaban les llamaban bohemios, por su lugar de origen. Por su forma de ser (sucios, vagos, con aire de fuereños, vagabundos) la gente aplicó este apodo a las personas que se asemejaban a aquellos. Así que “bohemio” llegó a ser el calificativo para todos los vagos inestables. Pero hay una clase de persona que rescató ese calificativo y le dio la importancia que merece: esos fueron los hombres que para sus ratos de ocio preferían tres cosas: guitarra, trago, mujer. Esos son los auténticos bohemios que merecieron una poesía: “por mi madre, bohemios”.

Se es bohemio de corazón y de nacimiento y no hay bohemio introvertido, todos vacían sus cosas en la mesa de brindis pero solo ante otros bohemios, no ante cualquier borracho. Tienen un profundo respeto por la mujer y la ensalzan, y la idealizan y le cantan cosas como “mujer divina, tienes el perfume que fascina en tu mirar”. En mis años formativos tuve la fortuna de conocer a un bohemio del cual aprendí el estilo no solo de entregarse totalmente al trabajo sino una incipiente semilla filosófica de concepto de vivir la vida. Ese es Adolfo Acevedo que ahora debe andar por los 66 bien vividos años y que espero volver a ver antes de que algunos de los dos parta para siempre de esta tierra tan querida.

Cuando Acevedo implantó el sistema contable en Inmecafé llegamos a laborar de ocho de la mañana a diez de la noche. De ahí me viene el hábito de ser el primero en llegar a la oficina y el último en abandonarla. Era un trabajo arduo porque había varios meses que había que recodificar y acabábamos bien madreados. Pero el Jefe Acevedo mandaba por las tortas a La Paquita. Cuando la mayoría del personal se marchaba, a eso de las diez de la noche, todavía nos quedábamos los allegados al jefe y éste mandaba por bucánan, Olparr o las chivas regal. Porque eso sí, no bebíamos barato: puro güisqui. Bueno, al principio porque ya después uno bebe cualquier cosa. Yo creo que hasta miao. Es aquí cuando Acevedo le pedía al Jarosh-men que se lanzara por El Zurdo Peseto a San Jerónimo. Y nunca se rajó el Zurdo. Llegaba acompañado de su pareja El Campeche y empezaba la música. Allí me aprendí los títulos de canciones que después por el resto de mi vida bohemia le fui pidiendo a los músicos: Embrujo, Cien Mujeres, Te solté la rienda, Un Mundo Raro, etc. Recuerdo que tuve una diferencia con El Zurdo debido a las canciones: me decía “¿cuál le vamos a cantar, mi jefe?”. Aviéntate “Amapola”, yo le contestaba.

–No. Esa no—¿Por qué?—No, mira, mejor te canto otra. ¡No, ni madres! Aviéntate Amapola. Yo resoplaba porque ya el alcohol empezaba a surtir efecto.

–Mejor te canto ésta, mira. Y se aventaban el Zurdo y el Campeche con Aquellos Ojos Verdes. Quesque porque era su equivalente. ¡Ni madres! Pero nunca me la cantó. Muchos años después, cuando estaba borracho y llegaba a ver al Zurdo le volvía a pedir “Amapola” y nunca lo conseguí.

Cómo a eso de las 12 y media de la noche iniciábamos la ronda, porque los bohemios tienen muchas noches de ronda. Muchas veces me tocaba ir en el asiento de copiloto con El Señor Acevedo y lo oía decirme sus cosas, sus enseñanzas. Y yo aprendiendo: sí, señor Acevedo. Sí, Señor Acevedo.

La primer escala era El Carioca y rápidamente se sucedían los nombres: Las Calandras, Canaimas de Nico Cabañas, Avispero hasta que oía la voz ronca del maestro de Ceremonias: Leidi-san-yentelman, la Mulata de Fuego, ¡Mayambé!

El Afrocasino La Huerta estaba a reventar mientras el travesti hacía a caer a más incautos. La Huerta debe su nombre a que antes de ser un casino era deveras una huerta de cocos. Llegó a ser el centro nocturno número uno en Acapulco pero la llegada de los teibols y el sida lo acabaron. Allí estábamos un rato pero luego nos íbamos a terminar viendo a Elías Acosta en el escenario de El Trece Negro. A eso de las once de la mañana, con la resaca a cuestas,  algunos se iban a reposar la cruda en la Quinta Raquel y otros a vomitar en el jardín de Inmecafé ante los encabronados ojos de Carmelo Ríos.

El bohemio no es malo ni le hace daño a ninguna mujer. Es todo sentimiento y expresión. Un bohemio no es un canalla ni un patán. En cosas del alma el bohemio es una cosa muy fina. Hay veces que uno se entera que el bohemio está envuelto en una bronca. Es que salen de repente, pero no es ése su estilo. Los bohemios son explosivos: te pueden sorrajar un chingadazo por una pendejada pero en el fondo son unos sentimentales que por lo regular debajo de la piel llevan grabado el nombre de una mujer (puede ser incluso la reina del burdel e igual merece todas las atenciones y respeto porque para el bohemio toda mujer es bonita y digna). Por lo demás, todos tienen atropellos que aclarar y asuntos de los que mejor ni hablar (esta línea le fue fusilada al bohemio del mediterráneo, aunque a él le gusta que le llamen pirata).

Hay veces que el bohemio desaparece y en su lugar hay un jijuelachingada loco al que se le botó la canica. Eso pasa cuando sucede que el alcohol se impone o cuando hay alguna provocación. Yo he visto bohemios locos sacar la pistola y echar balazos al piso o al aire. En ese punto mi experiencia me indica que hay que alejarse de ellos inmediatamente porque ya no es el bohemio sino el borracho. Algunas veces, cuando a mí se me cruzaron los cables me echaron de los sitios mis amigos. Y aunque en aquella ocasión se las menté ahora se los agradezco.

De mis noches de ronda recuerdo a mis compañeros y maestros de farra: como ya dije: Acevedo, Clavel, Lezama, Victorio, Jarosh-men, Octaviano, Silviano, y varios cuyo nombre no recuerdo ahora porque ya mi memoria se empina a ratos. No todos eran bohemios, algunos eran solamente borrachos. Pero eso sí: todos eran amigos, de esos de los cuales uno puede decir: “se me figura que decir amigo es decir ternura”.

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