SUPERMAN EN CAMIONETA

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El catador Brígido Ruiz y estibadores en Inmecafé (1975)

Superman brincó de una camioneta de redilas pero sin redilas, la pura plataforma, en la calle Juan Álvarez Norte, pasando el puente cuya construcción dejó inconclusa Richard, el presidente de San Jerónimo, en la subidita que hay para llegar a la escuela Herminia. En esa subidita iba la camioneta cuando Virgilio vió a un chamaco de unos nueve años que iba empujando con dificultad un carrito de paletas

El chamaco iba dejando el alma con el esfuerzo y lo poquito que avanzaba cuesta arriba era nada con lo que retrocedía cuando el carrito se le regresaba. Había muchos viendo pero nadie le ayudaba; al contrario, se reían. Y el chavito no se amilanaba: él le había insistido a su mamá Reynalda que lo dejara ir a trabajar. Muchos niños iban: unos vendían “El Rayo del Sur” o “Revolución”, no me acuerdo cuál de eso dos era el nombre del periódico que se vendía en Atoyac por el año de 1966; otros iban a lavar tinas de los carniceros en el río Atoyac, a la altura de El Playón y otros iban a pelar cebollas en el mercado. Había muchas maneras de ganarse una feria en el pueblo. Chava Ruiz le había hecho a todo eso o le haría más tarde pero ahora tenía un problema: el carro de paletas no subía y se le regresaba en esa subida.

Entones ocurrió: un camioneta de redilas (pero sin redilas) se detuvo y se quedó con el motor en marcha mientras Superman saltaba con su capa roja ondeando. Agarró el carro de paletas y lo empujó cuesta arriba y en la mera cima se lo dejó, se inclinó y le dio un beso en la frente y sonriendo brincó de nuevo a la camioneta, mero frente a la escuela. La camioneta se alejó, quizá rumbo a Bemex (porque aún no se llamaba Inmecafe´) y Chava Ruiz se quedó sonriente y sudando viendo como se alejaba aquella camioneta en la que, en la plataforma, con otros héroes, le ondeaba la capa a Superman.

Era su héroe (y aún ahora lo es). A veces oía que su mamá le decía Virgilio a ese hombre. Pero no se llamaba así. Creo que a él le hubiera gustado llamarse Carmelo pero mis abuelos le pusieron Brígido. Trabajaba donde José Navarrete en la casa que ahora es La Superior. Allí era estibador y siempre andaba con un pantalón recortado hasta las rodillas, con guaraches, sin camisa y una franela roja amarrada al cuello cayéndole sobre la espalda para protegerlo un poco de lo áspero de los costales de café.

En esta región había pocos Ruiz. Aún hoy solo conozco a Don Luis, a Hermilo y a una amiga que en 1973 conocí en el Tomatal. Brígido Ruiz Gómez dejó Tlaxmalác muy niño para salirse de su casa e irse a vagar (siempre trabajando) en Morelos y otros lugares hasta que en mil novecientos cuarenta y tantos vino a dar a la Sierra de Atoyac a la cosecha del café. En estos rumbos conoció a su chatita del alma, así le decía, doña Reylnalda Fierro Castillo y con ella se matrimonió. Estuvieron en la sierra un tiempo trabajando bajo las órdenes de don Efrén Muñoz y llegaron a apreciarlo mucho. Pero finalmente recalaron en Atoyac y acá se quedaron, en un terrenito que les dio mi abuelo Doroteo Fierro. Brígido y su Chatita procrearon nueve hijos, cuatro de los cuales ya duermen en El Señor.

Brígido se hizo bueno en el asunto del café y en su oportunidad llegó a ser catador de café en el Inmecafé. Aún lo puedo ver en las enormes pilas de café en el asoleadero, entre la maquinaria a tomar muestras del café encostalado, en las grandes estibas a las que él junto con Filiberto, Miterio y Rafa Gutiérrez iban a pinchar con unas como cucharas de metal para extraer granos, verlo en la palma de su mano y olerlo. Después, hervido, probarlo, catarlo, para ver cuál café se va a consumo nacional y cuál a Londres.

Ahora tiene más de ochenta, camina con dificultad hacia el zócalo y allí se sienta en las bancas con otros hombres ya viejos que le han dado su vitalidad, su juventud, a esta región. Anda haciendo la lucha de meterse a Setenta y más.

Yo llego del trabajo y lo encuentro en el lugar en que encontraba a mi amá cuando vivía: en la puerta. Allí me siento un ratito con él y platicamos de cualquier cosa: admirándolo yo porque, a pesar de todas las fallas que puede tener un hombre de familia, siempre fue mi héroe y siempre lo será. Yo estoy convencido de que el hijo que honra a su padre y a su madre tiene muchas bendiciones en esta tierra de los vivientes.

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