Se levanta en el sol tu bandera

Bandera Cruz Grande

—Es un pueblo con tres cuches y dos perros.

Eso me dijeron cuando pregunté cómo era Cruz Grande.

Al llegar al pueblo se ve imponente la bandera mexicana gigante del Batallón Militar. Siempre al terminar la subidita de las primeras casas, es el paisaje que se ve. Yo lo ví así en mis llegadas posteriores cuando manejaba una camioneta de redilas de la Empresa o mi Atlantic 69 en mis viajes Atoyac-Cruz Grande. Cuando llegué la primera vez no pude confirmar lo de los cuches y perros porque eran como las diez de la noche al bajar del autobús. Pregunté dónde estaba un hotel yla pregunta les sorprendió a los escasos transeúntes., como si dijeran ¿qué es eso?

–Parece que deveras es un pueblo rascuacho—pensé.

Ignorante de mí. Cruz grande representa hoy un bonito recuerdo de mi vida: sus gentes, sus costumbres, sus calles y hasta sus cuches y sus perros.

La empresa que me mandó a Cruz Grande fue la Pepsi y llegué allí cuando por borracho me botaron de la Superior en donde yo era Responsable de Eventos Especiales, eufemismo para llamar al chofer que no tenía ruta asignada. Era el encargado de llevar cerveza, sillas y hieleras a los lugares en done se celebraría una boda, quince años, fiesta de lo que sea, espectáculo, etc.

Es una anécdota que no me llena de orgullo pero que sin embargo es parte de mi vida: fui a Corral Falso a llevar cerveza al Centro Social Camino Real. Era una boda y el novio resultó ser un viejo amigo a quien hacía mucho que no veía: un borrachales. Le regalé un cartón de cerveza Sol y él se puso bien dándonos cervez fría de la barra del Camino Real. Eso fue como a las once de la mañana. Mis ayudantes eran dos y no eran personas que le pusieran mala cara a la cerveza; en cuanto terminaron de bajar el pedido se unieron al chupe y, bueno….. Eran las nueve de la noche cuando llegó Hugo, el gerente de Superior, acompañado de mi primo El Mecán, que trabajaba de mecánico en la empresa. Que les entregara las llaves de la camioneta, hazme el favor.

No, claro. Yo era poseído del demonio del alcohol y le dije sus verdades al gerente y además, lo más importante, mi camioneta no la manejaba ningún pendejo. Así le dije. Manejé como loco rumbo a San Jerónimo y por Obra de Dios, que me tenía reservado para otras cosas, no me maté en el crucero de San Jerónimo a pesar de que lo pasé y repasé de tajo y revés sin ninguna precaución. Fue mi último día en Superior. Chocantes.

La empresa que abrió sus brazos para recibirme fue la Pepsi de Enrique Molina, se llamaba Bebidas Purificadas de Acapulco. Allí me desempeñé como Supervisor de Ventas dos años. Mi desempeño fue correcto y se me dio oportunidad de ser Jefe de Ventas. La condición, me dijeron, era que tenía que trasladarme a Cruz Grande, un pueblo de Costa Chica.

A la oportunidad la pintan calva y hay que agarrarla del único cabello que tiene. Dije que sí y en febrero de 1996 estaba subiendo en Ejido al autobús que me llevaría a una nueva aventura. Uno de los supervisores de Acapulco me dijo que no envidiaba mi suerte. ¿Cómo es Cruz Grande? Le pregunté.

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