Vientos, campos y caminos, Distancia…..¡qué cantidad de recuerdos!

La casa de Don Gilberto 

Camino por lo que alguna vez fue este brazo del río y recuerdo que había una isla en el medio, llena de verdor y luego uno llegaba al otro brazo, el más hondo. ¿Dónde fue que se perdió ese río? Este brazo llegaba a un remanso que era El Paderón, con su gran piedra que servía para tirarse clavados y los más atrevidos se metían debajo de la piedra. Fui algunas veces allí pero con miedo: a veces había ahogados. Yo me bañaba en La Poza de Chúe, allá arriba, por la Bomba. También allí había una gran piedra desde donde tirarse.

Cuando me acuerdo de esos paisajes le doy la razón a los que dicen que todo tiempo pasado fue mejor. Pero eso quién sabe, merece una reflexión aparte. Alguna vez le traje café a mi abuela cuando vino a lavar. Había señoras en toda la orilla lavando; cuando yo llegué con el café para mi abuela pasó también la vendedora de enchiladas y atole. Era barato y muchas señoras compraban. Es una costumbre de mi gente tomar café al medio día. Pero estos se lo tomaban con el sol en la espalda. Y se reían y platicaban mientras mordían el pan o la enchilada.

Yo era un niño. Y ahora, con más de medio siglo encima y con la edad a cuestas añoro el tiempo dela niñez cuando acompañaba a mis vecinos a darle agua a los caballos de Don Gilberto. Ellos iban al paso de nosotros, los de a pie. Solo algún desriendado se iba al galope con el peligro de atropellar a un chamaco. Ya había carros pero no como ahora se ven enfrente de los bancos y frente a La Juan.

Don Gilberto murió de Desintería. Me recuerdo con los ojos muy abiertos viendo los preparativos del velorio cuando avisaron que se había muerto y sus hijos, muchos, andaban arreglando la casa. En esa casa nos juntábamos los días religiosos porque allí velaban la Virgen, Hacían el Nacimiento, había pozole y buñuelos. Eran muy religiosos los descendientes de Doña Benita y mientras las mujeres rezaban y los grandes esperaban afuera, nosotros los chamacos andábamos afuera tronando cuetes o jugando canicas. Hasta que llegaron chamacos de otras partes, más léperos, que se pusieron a hacer cosas con los animales. Hay una escena que forma pare de ese baúl de recuerdos y es que mientras en la casa se rezaba, nosotros atrás de la casa nos divertíamos diabólicamente con los perros. Creo que hasta a Calígula se hubiera abochornado al vernos. Yo era muy niño y no entendía mucho de lo que veía pero ya mis sentidos respondían y algo me indicaba que no era bueno lo que estaba sucediendo. Menos bueno fue para los hijos de Don Gilberto porque uno de los mayores salió a checar porqué había tanto silencio en el área de los chamacos y nos encontró. Les tocó una buena serie de cintarazos mientras les decían “chamacos del demonio”. Me veo corriendo en aquella noche de luna llena a eso de las diez de la noche rumbo a mi casa. “No andes viendo esas cosas” dijo mi amá cuando le platiqué mientras mi primo, al que un día llamaría El Matagente, se reía burlón y quería más detalles del suceso.

Pero estaba diciendo del río solo que el recuerdo de Don Gilberto Roque me llevó a esa historia de los perros. Cuando ya fui más grande acompañé a otros amigos, también ya en la pubertad, al playón a jugar futbol. Pero ese Playón no era el que estaba en frente del mercado, este estaba más arriba, casi por el Inmecafé: Lo arregló Chano (con mal apodo) y El Tigre y otros muchachos. Allí jugábamos pero antes de que esa cancha agarrara forma atravesábamos la isla para llegar al Cuyotomate. Allí me tocó ver a los más grandes alegrarse cuando vieron una bestia. Esta vez ya no le platiqué a mi amá lo que pasó, solamente lo guardé en mi baúl de cosas insólitas, que una a una iban formando parte de mi paso de la niñez a la adolescencia.

En el Cuyo recogíamos los frutos llamados cuyotomate mientras llegábamos al agua y nos echábamos. Había una playita en donde chutábamos o jugábamos una cascarita. Pero lo más emocionante para los demás era jugar al “tigre”. Uno se encargaba de perseguir a los demás y tocaba al que alcanzara. Luego este se encargaba de perseguir. Eso significa andar corriendo por los paderones y tirarse al agua de cualquier peñasco y nadar con la adrenalina de sentirse perseguido y no, yo no. Mejor me entretenía sumergiéndome en el agua y aguantar la respiración lo más que pudiera. Al salir con la cara hacia el sur, se veían las casas de los pocos edificios que entonces había en el centro de Atoyac. Allá estaba el pueblo. Quizá en la tarde fuera al Cine Alvarez a ver tres películas por uno cincuenta.

No se sabe el origen de la rivalidad entre atoyaquenses y ticuiseños, la cosa es que se apedreaban y la línea fronteriza era el río. En el Cuyotomate, cuando estaba echado en la arena, cayó una piedra junto a mí y mis amigos pasaron corriendo alejándose del río. Eran los ticuiseños que nos estaban apedreando. Yo también corrí y cuando pude respirar entre jadeos me preguntaba porqué ese pleito. Nunca lo supe. Pero ahora El Ticuí es una colonia de Atoyac y ya no existe esa rivalidad. Dentro de poco tampoco existirá el río.

Dentro de unos años, cuando tenga 17, ya no seré adolescente sino un joven que junto con otros muchachos borrachos vendremos al Cuyotomate a tocar la guitarra y beber y nadar. En una de esas hasta nos tomaremos fotos sobre las piedras que irán aflorando junto con la declinación del río. Luego los materialistas verán allí una mina y vendrán por las piedras y la arena hasta dejar este lugarCuyotomate 1974 peor que si hubiera sido bombardeado.

   Ahora tengo más de cincuenta y vine a caminar por aquí porque por aquí anduve cuando fui niño, adolescente y joven. Dejé el derby allá arriba donde se agarra el camino rumbo a Mexcaltepec y me puse a caminar por lo que fue el caudaloso brazo del río Atoyac. Ahora solo hay basura. Pero dentro de esta brechita, agazapados en las piedras y debajo de ese cauce, hay un montón de pequeñas cosas que están esperando que uno las evoque para asaltarlo y volverlas a vivir y, si nadie te ve, hasta podrías liberar una lágrima por el río y por tus recuerdos.

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