EN LA ALDEA, UNA MADRUGADA

Acapulco rural

La Marcha Triunfal de Aída sonó en el  aparato de sonido de la Escuela Juan Alvarez mientras el profesor Tino veía tiernoa sus niños que decían adiós a la escuela. Era la clausura y después de la marcha los niños entonamos el himno a la escuela: “las calles están vacías y parece que llovió: son lágrimas de una niña, de una mujer que lloró. Triste y sola se queda la escuela Juan Alvarez……” etc.

Uno a uno empezamos a pasar al frente a recibir nuestro certificado (siempre es una Constancia) y después los padrinos entregaban regalos y flores a los egresados. Una fiesta. Atrás se quedaban los días en que intenté jugar futbol rápido en la cancha de la escuela liderados por el profesor Diego; los lunes formados en el homenaje mientras clavaba mi mirada en la horqueta que formaba mi dedo gordo con el resto de los dedos de mis pies. Llevaba sandalia o guarache y una compañera decía que mis pies estaban miados.

La Constancia venía en un folder y me lo metí en la espalda haciendo nudo mi camisa a la altura del ombligo, así lo protegería de la lluvia porque había unos nubarrones negros que anticipaban que el agua no tardaría. Con el Greñas nos dirigimos donde Balta, en la contraesquina de donde ahora vende Coqui. Nosotros no llevamos padrinos y nadie fue a recibirnos en nuestra graduación escolar: mi amá estaba en la casa sin poder caminar y como siempre no había dinero para esas cosas.

A donde Balta fuimos porque había muchos chamacos allí y también gente grande. Estaban jugando Italia contra Alemania el juego que años después sería llamado el juego del siglo, era la semifinal del mundial de 1970. Cuatro-tres fue el resultado. Yo tenía trece años Y sí, ya se había asomado a mis ojos la ensoñación de unos ojos negros medio tristes medio alegres. Los ojos de Iraí recargada en el barandal del tercer piso de la escuela. Una ilusión que no llegó ni al intento.

Pero cuando en la mañana tomaba café con pan para irme a la escuela, oía en la aldea una voz que era como si alguien cantara despacito. Todavía no sabía de la mota ni teníamos radio así que no era nada de eso. Era la imagen de Iraís que me hacía caminar de prisa para verla, solo eso, porque nunca le hablé de nada. Y ella no hablaba con nadie. Creo que ni existió.

Rufina, en cambio, era de carne y hueso y los besos los vendía a peso. Yo iba en segundo año y el que tenía dinero era el hijo de Tancho, el compraba los besos y le regalaba paletas. Nosotros veíamos el intercambio beso-peso y agarraba en mi bolso del pañalón los veinte centavos con los que tendría que aguantar hasta el recreo.

En la casa de Tavo oíamos casachot y el sabroso olor de la cocina de ricos no me dejaba concentrarme en el juego de damas chinas. Ya íbamos en quinto y el grupito lo formábamos Herrera, Chuma, Tavo, Miler , Pineda, Adolfo y yo. Ellos eran los ricos del centro y Adolfo y yo eramos unos guarachudos de la orilla pero no había diferencias sociales: éramos amigos, un grupito de amigos de la escuela Juan Alvarez.

A Pineda lo veo de vez en cuando, con Chuma nos vemos frecuentemente. Tavo se fue a Iguala con sus papás y nunca volví a saber de él. Miler, se perdió. Con Herrera mantuvimos contacto y amistad hasta el día en que las balas lo alcanzaron en Acapulco y se fue de este mundo.

Herrera me decía chivito. Era güero y pecoso; bien travieso. Ese día, cuando me enteré que a las afueras de su negocio habían baleado a Herrera, pensé que en efecto las calles estaban vacías y había llovido, parece que se había llorado sobre la escuela.

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