LA BALA QUE CALLO AL VIENTO

El viento

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De niño en el cielo de Atoyac sabían surcar parvadas de pericos haciendo un escándalo que invitaba a levantar la vista y verlos. Hoy ya no sucede más. También los luises sabían cantar en el bosque cercano a mi vivienda. Hoy ese bosque no existe más: está poblado de casas y mi casa, que era una de las últimas del pueblo y luego seguía el monte, el camino a la milpa, hoy es la colonia centro. Las colonias se han extendido más allá de El Tanque invadiendo lo que era milpa.

En el bosque aledaño a mi casa yo sabía ir a los trompos y a agarrar chanchagos para amarrarles la cola y cargarlos como aviones controlados: bonitas la libélulas de encendidos colores. Hoy parece que ya no hay.

Ese ambiente campirano llegó a mi nuevamente como una brisa suave con la lectura del último libro de Felipe Fierro, El Silencio del Viento.

Empecé y terminé su lectura el viernes en la noche. En él se respiran las costumbres de la sierra cafetalera, del monte, del campo mexicano. Me enamoré de las líneas en donde se narra la muerte de la abuela: “por la mañana comió tranquila y al caer la noche se durmió para siempre”. Un acercamiento a la manera como nuestros antepasados asimilaban la fase terminal de la existencia, como un perro mirando con atención los ojos y gestos de su amo mientras se echa tranquilo a sus pies.

Una de las cosas de la naturaleza que más ensimisman al hombre es el viento: suave y fresco o fuerte e impetuoso. En el libro de Felipe el viento corre golpeando puertas, vallas y muros, llevando el eco de velorios en los asoleaderos y del llanto de una maestra por la muerte de la esperanza, el grito de espera de la vuelta de la historia: una historia que no traiga en su viento el hedor de cuerpos arrojados en el mar, de testículos despedazados por las pinzas de la tortura.

Ese viento impetuoso y suave que nos trae el recuerdo de nuestra historia de hace cuarenta años es acallado por el sonido de una bala. Un pedazo de plomo tuvo el poder de callar al viento y producir ese silencio que aún espera ser roto por la historia.

Sé que todos tenemos la obligación de plantar un árbol, criar un hijo y escribir un libro. Felicidades a Felipe por este nuevo parto.

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