Vientos de Cambio

Escuchamos el silbidito de Viento de Cambio y el contador Manuel le decía, inspirado, una poesía inventada por él en ese momento llevado por las musas del parnaso mientras Alicia lo escuchaba con una sonrisa amable y nosotros escuchábamos con una sonrisa burlona. La escena daba para eso: Manuel es un viejo pero no ha superado eso y se sigue sintiendo joven. Alicia es una niña de diecinueve años que labora con nosotros pero pronto se irá a Acapulco a continuar con sus estudios: quiere ser educadora.

La vi pasar hace unos días por donde Valdovinos, su belleza se ha incrementado y ahora es la licenciada Alicia. Quizá si le hubiera hablado hubiérame dado cuenta de que sigue siendo amable y quizá en su mirada me viera reflejado como me veía hace muchos años. Pero lo que veo es un niño que se acerca y echa un chorro de agua en el parabrisas del derby en la calle Cuauhtémoc, nutrida de transito lento a esta hora de las dos de la tarde, pasando por La Parisina. No le digo que no al niño y ahora seca con su jalador mi parabrisas. Pienso en el solo de requinto que sigue a “deja que tu balalaika cante lo que mi guitara quiere decir”.

Con esta velocidad me puedo dar el lujo de soñar que puedo ir a un lugar en donde los niños del mañana sueñan y comparten su sueño. ¡Puta! Estos niños, si sueñan, es debajo de un puente y lo que comparten es unas cuantas tortillas. Pero no parece un drogadicto; su playera es viejísima y el sol lo ha dejado más moreno de lo que de por sí es. Saco cinco pesos y se los alcanzo.

Alicia tiene cabello largo y tez blanca. Sonríe divino y le gusta usar playera roja y pantalón no de mezclilla. La vi en en una banca del zócalo y creo que su novio la estaba besando. Recuerdo que en esa tarde eso no me pareció bien porque todavía había luz. Los novios acostumbraban prodigarse caricias pero cuando la noche caía. Después los chamacos se tocaban y besaban a plena luz del día pero ahora no veo que sea así. Cómo cambian las costumbres. Mi adolescencia es de cuando los novios se conseguían por medio de recados. Eso fue en el siglo pasado.

Ahora el chofer del urbano puso en su estéreo Viento de Cambio y en el parabrisas lo que aparece es un espectacular de Manuel Añorve y más adelante uno de Ángel Aguirre. Los dos ofrecen el paraíso en la tierra. Prefiero cerrar los ojos, meditar estas líneas que estás leyendo y antes de caer en el letargo pensar que nunca los vientos de cambio llegarán.