LA NOCHE DE LA HUERTA

Funkytown

Como siempre, el Afrocasino La Huerta estaba a reventar. Chicas grandotas güeras , morenas y morenotas bailaban en la pista y otras se dirigían o salían de recovecos que sabe Dios a donde llevaban. El sonido era funky town y el ingeniero y su servilleta se retorcían sintiéndose los reyes del ritmo con unas super chicas. ¡Estos es vida, Chavita! Me gritaba Rangel y el ahora escribidor, en el éxtasis del ruido y el baile, contestaba con otro grito: . Yeah guan-llu-teimitu-fonkitan .

En la mesa apuramos las copas y en su locura, Rangel dijo que tendríamos que salirnos sin pagar. La camioneta pick amarilla estaba afuera y tendríamos que salir por piernas. En mi locura no me percaté de que allí se paga por adelantado y me creí la locura de que saldríamos sin pagar. Salimos hechos la madre y abordamos la 326, que ese era el numero económico del carro, y volamos de La Huert a la carretera rumbo a Costa Grande, a la tierra del café. Que emocionante aventura: el carro estaba destartalándose y no tenía ni radio pero en nuestros cerebros seguía sonando el funky town y lo íbamos gritando: gora-mu-von.

El sonido de los rifles en el retén de Coyuca me volvió un poco a la realidad. No así al ingeniero que alegaba con los soldados: ¿Eres tránsito o qué?, le decía en la cara al soldado que se acercó a la ventanilla del carro y nos había preguntado porque no habíamos obedecido el alto. No lo hicimos: Rangel se pasó y cuando ya había rebasado la línea de alto se echó de reversa. En mi mejor faceta de humildad les pedí a los soldados que nos comprendieran que íbamos un poco tomados y que nos dejaran ir. ¡Se aprovechan porque traen vehículos oficiales!, dijo. Nos dejó ir. Eran otros tiempos. Si nos hubiera tocado ahorita, no estaríamos aquí.

El ingeniero Rangel era alto, espigado, usaba botas; su cabello le caía sobre la frente en algo así como un tupé que el continuamente se echaba a un lado. Para todas las mujeres Rangel era carita, guapo. Vino de Monterrey y se integró al Departamento Técnico, muy amigo se hizo de Pancho Arroyo. Por cuestiones sindicales me toco viajar con él y lo que tenía de guapo lo tenía de cochino: se quitó las botas y allí sentado junto a mí la pestilencia era insoportable. Dicen las malas lenguas que también era cochino en lo moral, que a algunos compañeros les dolió la ccabeza en la parte donde salen las protuberancias. Eso nunca lo comprobé.

Comprobé que era borracho. A las cinco de la mañana me cayó a la casa. Llorando me dijo qe iba a poner una queja ante la ONU por que sus derechos humanos habían sido pisoteados. Sí, andaba bebiendo con Jarosh Men y este, otro borracho, le aplastó una lat ade tekate vacía en la cara. Me mostró la evidencia. Al otro día, pasada la peda, llegó a la oficina y yo ya había terapeado al Jarocho: No podemos pelear entre nosotros, somos los mismos. No te pido que te disculpes con Rangel pero ya no sigas la bronca. Hay que tomarlo como borrachera y ya. —Depende él—dijo Jarocho con el aliento a chico maduro.

Rangel llegó con un escrito en donde manifestaba su desaprobación y se lo entregó a Jarocho. Quería que le firmara de recibido. No lo hubiera hecho. Jarocho agarró el papel y lo hizo un envoltorio con furia y se lo aventó a la cara. Aunque siempre fui un enclenque tuve fuerzas para llevarme a Rangel lejos de Jarocho mientras el ingeniero hcía pucheros como queriendo llorar.

Qué fue de Rangel. No lo supe. Aquella vez de la noche en La Huerta en Zacualpan se paró la camioneta y ya no quiso caminar más. Estaba desbielada. Allí la dejamos. Nos fuimos a quedar a dormir a la casa de Neri, en el Ciruelar. No sé como llegamos. Recuerdo que al otro día fui a tirarle a las palomas con Neri. Rangel se quedó dormido y cuando llegamos de la cacería ya no lo encontramos.

Llegué a mi casa y me quedé un grn rato reposando la cruda. Digo que la vida ha sido benigna conmigo. Esa vez fue una de tantas en que me puse en peligro de un accidente o de unos alazos. Ahora coincido con los viejos cuyos mejores tiempos a pasaron y se dicen: todo tiempo pasado fue mejor. Bueno, en el tiempo que narré aquí, el tiempo era mejor en todos sentidos.

Abraham Rangel Rendón es discapacitado del Ayuntamiento de Guadalupe en Nuevo León.