Deveras que no hay nada igual

Primer-amor

Enfrente de donde Don Margarito Flores tomaron la camioneta que los llevaría a Zacualpan. En el trayecto, mientras el viento le volaba los cabellos su mirada iba puesta en el horizonte que se le venía encima a medida que la camioneta avanzaba. Si veía para atrás el horizonte se alejaba cambien vertiginosamente según la velocidad. Pronto llegaron al barrio y avanzaron por la vereda principal.

La conoció en la casa de su mejor amiga de ese tiempo. A veces s e quedaba a dormir allí porque tenía que ir a la Catorce. Otras veces la había visto atendiendo la farmacia Perpetuo Socorro, frente al Edificio Ludwig. Ahora, para beneficio de los lectores quisiera describirla.

Su cabellera es larga, lacia y llega hasta la espalda; su tez es morena y sus labios un poco gruesos, el inferior. Pero lo que requiere detenerse son sus ojos: ¡qué ojos! Quisiera tener el don de Gutierre de Cetina en el Madrigal de Ojos claros para poder describirlos. Tendré que conformarme con decir que son como un mar, un remanso de paz. No son azules, sí soñadores. ¡Chacho!, le dijo su amiga cuando lo vio como tenía la mirada perdida observando a la interfecta mientras aquella se reía entre burlona y orgullosa de que el joven estuviera así de embobado. Esa tarde comprendió que severas la quería. No. Eso es poco, la amaba como suelen amar los personajes de tantas novelas de la literatura clásica. Sí, por esos brujos èl hubiera dado siempre más, como muchas veces, años después, cantaría en Cuesta Abajo.

Su cuerpo es de diosa mitológica, Venus o afrodita. No lo sé. Solo se que a esa edad no apreciaba esas cosas: muchos hombres maduros se le quedan viendo y en otros se adivinaba el deseo en esas miradas. Pero él no piensa en eso: su mente está obnubilada por el amor. El amor, ese sentimiento estupidizante que al malo vuelve bueno y sabio al ignorante. A él lo volvió más estúpido de lo que ya era

No siempre fue así: la primera impresión que ella tuvo de él fue la de un chavo desmadro so, rebelde, borracho, un cabròn. Uno que quizá tenía muchas novias y que por lo tanto sabía cómo tratar a las mujeres. Era un gran partido. Por eso dejaba la secundaria y se iba al centro de trabajo de él con el pretexto de ver a su amiga aunque solo fuera para verlo y disfrutar de sus fanfarronadas. ¿Cuándo le declararía su amor? ¿Cuándo le pediría que fuera su novia? A el parecía no importarle eso. En el zócalo se celebraba el carnaval y había bullicio, mucha gente grande y muchos muchachos. Las candidatas a Reinas, Esther y Alicia eran bien bonitas las dos y la competencia estaba reñida. Allí donde ahora es tianguis de fritangas, a un costado de lo que en el futuro sería el parque, a un costado de donde un día pondrían la estatua de Juan Álvarez, allí se encontraron cada quien con su gamba. Ella con las amigas de la secundaria; él con los mariguanos de su barrio. Y ella hizo lo posible porque ese día fuera el día pero a él le importó más el desmadre y no darle importancia a la chava que le robaba el sueño. Quizá era cosa de táctica pero le daba resultado: entre más la despreciaba más caía ella.

Qué distinto ahora, al bajarse de la camioneta y llegar a la casa de doña señora: Dónde está, preguntó ansioso. Ahora viene, dijo la que si el futuro era benévolo quizá llegara a ser su suegra. Ella venía de una parte equis. Viene de hacer cuitita, dijo su amiga. Prosaica, pensó él. Nada podía dañar a su diosa. Pero el destino no cumple antojos de sapos. Nada de suegra, ni matrimonio, ni nada. A la vez que él caía más y más en el amor, más y más se alejaba ella. Por eso es difícil entender a las mujeres: si las desprecias, te quieren; si las adoras, te mandan a la chingada.

En esta tarde, embobado, clavado en ella mientras su amiga le dice ¡Chacho! El se da cuenta que está perdido. Está enamorado. El viento destruirá sus sueños de cristal y entonces comprenderá que nada es más lindo que el primer amor.

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