Quiero estrechar tu mano

Lopez_Mateos ernesto_zedillo

Era por 1964 cuando vino López Mateos a Atoyac. No se si vino, pero me acuerdo que de la Juan Álvarez nos llevaron a hacer una valla en la calle Aquiles Serdán y nos dieron banderitas mexicanas para agitarlas cuando llegara el Presidente. Te digo, ya no me acuerdo si vino, pero me acuerdo de la resolana cabrona que tuvimos que aguantar y no cargábamos dinero para comprar una agüita o algo. Creo que debían haber ido los grandes, los de sexto. Pero fuimos todos porque se requería hacer bulto. Lo más bonito de esos eventos eran las canciones que ponían en el aparato de sonido: la marcha a zacatecas y cosas así, el puro folklor. De vez en cuando apagaban el sonido y se oía la voz del director o de algún maestro llamando al orden a los chiquillos, a que se alinearan porque ya merito llegaba el mero-mero.

Treinta y tres años después, recibí una llamada de Acapulco: el Sr. Funes me ordenaba hacer todo lo conducente para que la Pepsi estuviera presente en el evento a desarrollarse en Las Vigas al día siguiente: El Presidente Zedillo estaría allí y teníamos que llevar refrescos, hielo, bueno, hacer la faramalla en grande. El dueño de Pepsico era de los cercanos a Zedillo. ¡Puta! Y yo sin experiencia en esos trotes. Fueron nueve camiones de pepsi que envié bien tempranito al otro día al lugar de la masacre, quiero decir, del evento. Cada carro con 240 cajas del precioso líquido que es la pepsi, al que solo le falta un poquito para ser vitamina (cocacolos esperar su turno). Compre vasos y mucho hielo que desde la noche echamos a las hieleras para que tempranito madrugáramos rumbo a Las Vigas.

Bueno, la Fuerza de Ventas partió a la batalla y yo me quedé atendiendo otros menesteres que tienen que atender los jefes. Cuando me di cuenta ya era tarde. Y el pánico me entró cuando vi la camioneta con las hieleras donde mismo. ¡En la madre! Agarré la camioneta de doble rodada y me metí a la carretera como loco; zumbando entré por las calles de Las Vigas oyendo en mi oído la voz pituda de mi jefe que me había advertido: “No vayas a llegar tarde, pendejo. Los militares cierran todo el acceso y ya no vas a poder entrar con los refrescos”. Algunos jefes son así de cariñosos.

Las calles de Las Vigas en 1997 eran como las de Atoyac antes de María de La Luz: pura terracería y muchos perros y cuches transitando. En una de esas le pasé encima a un cuche pelón y viendo por el espejo cómo se retorcía el cuche le sumí más al acelerador solo para encontrarme más adelante con los rifles de los militares que me cerraron el paso y me mandaron de regreso. Le di por otra calle para evitar pasar por donde estaba el cuche pero, en una muestra de verdadera organización ciudadana, un montón de señoras chinas, morenas, en compañía de señores en chor, morenos y purungos blandiendo machetes, pararon mi camioneta y en medio del escándalo alcancé a entender que o les pagaba el cuche o me llevaba la chingada. Así que saqué ciento cincuenta pesos (en aquel tiempo era mucho) y se los di. Les regalé el cuche y me volvieron a sonar los machetes: el cuche de por sí era de ellos, me dijeron.

La camioneta no hubo modo de meterla: los soldados impidieron todo paso y me conformé con llegar yo solo al evento. Arribé al lugar justo cuando Zedillo iba pasando. Alcé la mano por entre todas las cabezas y le grité: ¡Presidente! ¡Presidente! Aun me parece ver su cara güerita, sonriente, cabello rubio y enchinado, sus ojos vivaraces que me miraron y sus dientes blancos sonriéndome mientras me daba la mano. Yo se la estreché y le dije emocionado ¡Presidente!

Cuando llegué donde estaban los carros los encontré pelones, ni un refresco. ¿Pos qué esperabas, Fierro? Me dijeron los choferes. Bueno. El refresco era para regalar pero con orden. Pero estos cabrones de la sierra de Las Vigas, todo el gentío, se llevaron los refrescos, el envase, y las cajas de plástico. Me cuentan que iban algunos paisanos con sus cajas de refresco en el hombro. Fue una masacre. Yo estaba blanco del pánico. ¿Y ahora? Me repetía una y otra vez.

Pues nada, que a mi Jefe de Acapulco casi le da el soponcio cundo supo que perdí 51, 840 envases de pepsi y 2,160 cajas de plástico. El importe de la pérdida eran 195 mil pesos. De pendejo no me bajaba y eso que unos días atrás había dicho que yo era el más inteligente de su división. Tuve que ir a Acapulco en la semana posterior para que me levantaran un acta por negligencia en el desempeño de mis labores y a aguantar más cagadas de parte del Director. Pero me salvó el jefe de mercadotecnia. Dijo que finalmente había que considerar esos envases y esos plásticos como inversión a futuro pues significaban ventas futuras en esa región. Su argumento fue música para mis oídos y en la tarde, ya como a las cinco de la tarde, emprendí el regreso de Acapulco rumbo a mi base, Cruz Grande.

Como a las siete pasé por las Vigas y me acordé del cuche. Luego solté el volante y me vi la mano que me estrechó Zedillo. Todavía sentía su calorcito. Me salió un ¡JA! Y entre sonrisas me dije: Tuvo cabrón pero…bueno. También me acordé de López Mateos que finalmente no sé si vino a Atoyac pero a este Zedillo sí lo pude saludar. Me solté cantando aquella de los bitles “ai guana jol yur jan” mientras a lo lejos se veía la entrada del pueblo

Las Vigas

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