UN CORAZON SIN DISTANCIAS

nostalgia

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Siempre que oigo “Distancia” soy arrastrado por la melancolía. Ya hace años la canción me inspiró para escribir “vientos, campos y caminos, Distancia” en donde traigo a la memoria una parte de mi adolescencia en el río Atoyac. El que quiera lo puede leer aquí http://chavaruiz.blogspot.com/2009/06/vientos-campos-y-caminos-distanciaque.html

Ahora volví a escucharla con motivo de la muerte de Cabral. Pero la versión que yo oí en mis años formativos era de Alberto Cortez, edición de estudio, más cuidada. Este tipo de canciones me atrapó en mis años diecisiete cuando en el Inmecafé conocí a Silviano González. Era joven, blanco, barba partida como nalga de niño y con el cabello partido en la frente. Un galán. En la división de la casa-oficina que utilizaba para dormir dejaba en un buró su grabadora y sus casets. A veces él estaba allí escuchándolos y yo me sentaba en el borde de la otra cama a escucharlas también. Allí conocí a Serrat, a Cortez y Cabral. Como yo era un chicuelo (a los diecisiete uno es todo lo ingenuo que quieras en un pueblo atrasado como era Atoyac en 1974). Cuando Silviano no estaba yo agarraba los casets y los escuchaba. En los viajes a Acapulco fui comprando mi propia colección. Tenía todos los discos de Serrat, los de Alberto Cortez y los de Cabral en menor medida.

Slviano tuvo una novia muy bonita en Atoyac, amiga mía, güera, delgada, de larga cabellera. Cuando salía con ella a la playa me invitaban y mientras ellos platicaban de lo suyo, yo veía el mar oyendo las canciones de Cortez que se habían quedado en mi oído. Silviano era chocante, petulante, pedante. Se sentía la divina garza o la gran polla. A veces usaba sandalias pero lo hacía con distinción, se echaba perfumes caros. Era un dandi. No era borracho aunque si acompañaba al grupo bebedor. Yo sí bebía y me volvía cada vez más bohemio al escuchar las canciones que el dúo de Peseto nos cantaba, traído especialmente desde San Gerónimo. Pero la música de Cortez y Serrat no es de bohemios. Silviano no era bohemio. Era un dandi, un hombre de mundo, un hombre actual, Tenía la voz ronca, varonil y a mí me dispensaba su amistad y confianza. Eso me quedó de él, el gusto por las canciones de Cortez, Serrat y Cabral.

Pero esas canciones yo las ligué a mis vivencias y se fueron haciendo parte de mis recuerdos de ese tiempo y por esas extrañas cosas del la mente, también las fui ligando a mis recuerdos más viejos, a mi niñez, a mi adolescencia. Al tiempo cuando el mundo era de sueños por realizar, castillos en el aire, cosas que haría cuando ganara más, cuando fuera muchacho, cuando fuera adulto, cuando viviera la vida.

Por eso ahora que Hernán ha puesto en el estéreo del carro a Cabral y al escuchar Distancia se me han rodado las lágrimas, las he dejado correr despacito, por mis mejillas que el tiempo ha marcado y marchitado. Voy en el asiento de atrás, yo solo, y no impido el correr del agua de mis ojos. Era un muchacho con una vida por delante. El camino recorrido no muestra estelas en la mar sino sueños rotos, castillos deshechos. Una mueca aparece en mi cara al intentar una sonrisa: me acuerdo de una canción que dice “los caminos de la vida no son como yo pensaba”

El seis de agosto cumplí cincuenta y cuatro. Tres días después, de súbito, el cabello se me ha caído. No es por la pepsi ni la coca. Está pendiente un examen de la tiroides para eliminar probables causas. Bueno, estoy pelón con unos con unos cuantos cabellos ralos que se niegan a abandonar la azotea. Cargo una gorra que me regaló el jefe aunque la mayoría me dice que mejor me rape. Pero creo que no, así mi calvicie repentina me será un recuerdo constante por lo que me resta de vida de lo fugaz que es, de lo efímero de la vanagloria, la fuerza y la juventud.

Al llegar a este punto de la escritura me digo que estoy chaponando en otra parte y el surco lo he abandonado no sé en qué momento. Será que el ¿alzhéimer también será mi compañero dentro de poco? Antes de eso quiero escribir mis recuerdos, ya sea por el riesgo de que caigan en la oscuridad del olvido o porque las tinieblas de la ceguera me impidan escribir. O peor aún, antes que un día alguien tenga que arrancar la última hoja en mi calendario.

Hoy terminé de leer “Siete noches”, de Borges, un libro que leí en Jalapa hace veintisiete años. Lo leí cuando yo tenía veintisiete. Qué coincidencia. Veintisiete y veintisiete. Lo he dejado en el piso y puesto a ver la televisión han pasado un video de Cabral. La canción que ha cantado es Distancia. Chingada madre. La nostalgia me ha jalonado y he venido a la máquina. Un montón de recuerdos vienen de repente a mi memoria. Yo también quisiera un corazón de guitarra para decir lo que siento. Pero como no es así, hago a un lado la melancolía y empiezo a teclear: “Siempre que oigo Distancia……”

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