Quién detendrá la lluvia

Brígido

“¿Quién parará la lluvia?”, solía preguntarme viendo la lluvia intermitente. Es buena, me decía, porque refresca. Pero de todos modos, preguntarme quién la detendrá me hacía pensar en el Eterno. Antes creía que El la mandaba pero cuando vi los estragos que causa entre la población jodida me dije que El no puede mandar ese daño. Cuando tenía seis años yo no pensaba eso. Me acuerdo (porque mis recuerdos los guardo desde mis cuatro años) de El Tara. Hasta mi casa se oía el zumbido del río que, a la altura del Barreno, se salió hasta donde Toño, el señor que se arrastraba porque estaba deforme de sus dos piernas. Así nació. Cuando fui joven lo seguí viendo y a pesar de su invalidez era bien borracho y bien grosero. Por allí vivía, por donde Doña Matías para abajito. Hasta allí llegaba el río. Llovió seis días en Atoyac y, cuando ya había dejado de llover, fuimos con mis papás a ver cómo por el río iban vacas, burros, animales arrastrados por la corriente. Iban muertos. Y muchos troncos de madera. Yo creo que desde entonces me quedé preguntándome “quién parará la lluvia. Pero yo no lo sabía. Es decir, yo no sabía que con el tiempo yo me iba a preguntar eso.

¡Amonéeeeeeees!

El grito me saca de mis cavilaciones. Es un muchacho de unos catorce años que en la locomotora va gritando “amonés” mientras hace sonar la campana avisando que el tren se marcha. Con su camisa amarrada y sus pantaloncitos de manta con una mano agarra el badajo de la campana y con la otra se ajusta el sombrero. Es Carmelo. Es Tlaquiltenango y corre el año de 1941, gobierna la República don Lázaro Cárdenas.

Se salió de su casa a los nueve años porque su papá lo maltrataba mucho. Su mamá Alberta ya había fallecido y ahora su Papá, Don José Ruiz, se había buscado otra mujer y le daba preferencia. Don José tenía influencias en el Ayuntamiento y lo tenía amenazado de echarlo preso por rebelde. Y tenía nueve años. Le avisó a un tío y alistó una muda de ropa y se fue. Anduvo por muchos pueblos y a los catorce ya era un muchacho fuerte, trabajador. Vendía naranjas cuando le dio trabajo el operador del tren. Se llama Carmelo.

Carmelo llegó a estos rumbos por acá arriba, por Tlapehuala, por la corta del café. Así llegó a Atoyac y conoció a su Chatita, Doña Reyna. Con ella se pudo casar porque su patrón, Don Lucio, que vivía en la Calle Grande, donde se hacían las carreras de caballos, le dio hospedaje y trabajo. No te voy a pagar pero te voy a dar comida y ropa y cuando te cases yo te caso. Y le cumplió.

Allá por 1963 se inició la construcción de la carretera que va al Paraíso. Empezaron a la altura del panteón, donde termina la Hermenegildo Galeana. El Ing. Mario Zenteno se enojó porque empezaron la carretera a la altura de la calle Florida y dejaron un trecho en mal estado. Los regresó a que empezaran por el panteón. Era tiempo de lluvia y me acuerdo que de la calle Florida sacaron una brecha que entroncaba a la Galeana un poco más abajo del panteón. Es que estaba feo el lodazal por los trabajos de construcción de la carretera. Me acuerdo clarito de eso, como si lo viera ahorita.

Carmelo se llama Brígido y tiene 36 años. Entró a trabajar después de hacer fila en el Tejabán donde los apuntaban. Ahora ya han avanzado y van un poco arriba del Tejabán, por donde tiran basura cuando no pasa el camión. Está almorzando sentado sobre una piedra y enfrente de él está su retoño. Brígido lo ve y sonríe con ternura. Es su Chavita. Tiene seis años y le trae el lonche desde la calle Anáhuac. Se acompaña con las hijas de Toño Lezma y otros., Allí está Chencho Acosta, que es el Cabo de Peones. Brígido trabaja de barrenador: hay que barrenar ls piedras en donde se coloca la dinamita. Luego se corta la carretera con peones a ambos lados y cuando abren la mechita gritan “¡ESTA PEGADO! A partir de allí ya nadie pasa porque en segundos sobreviene el estruendo y la piedra estalla. ¡BUM! Se oía hasta el pueblo.

Brígido gana 18 pesos a la semana con el ascenso que le dieron de barrenador. No sabía usar la máquina pero aprendió. Todo se puede cuando se quiere trabajar, le decía a su chilpayate. El Ing. Mario Zenteno lo trata bien. Quedó a cargo desde que cambiaron a Don Mario Vega. Eso sucedió cuando mataron a Lupe Fieros por allí por El Chichalaco. Yo lo acompaño los sábados cuando va a rayar. El lugar de pago es donde Don Baltasar, en el futuro, pondrá unos futbolitos y más tarde habrá una papelería. Allí mi apá firma y le dan un sobre blanco con dinero. Ese día va bien charrito, con camisa de guayabera y zapatos brillantes. Yo también voy limpiecito y con zapatos. Es un día alegre: es el día de pago. Mi apá juega un ratito dominó y luego vamos a comprar cositas. En la casa nos espera mi amá que ya empieza a tener problemas para caminar.

Pasando el domingo se iniciará otra semana de trabajo y los peones se juntarán en El Tejabán de donde son transportados en carros de volteo hasta donde vaya la carretera. Mi apá solo llega hasta San Andrés de la Cruz. Quedaba ya muy lejos Atoyac y él tenía que venir a cuidar a su Chatita que estaba cada vez más enferma.

Ahora estoy hablando con mi apá sobre la lluvia. Está lloviendo fuerte en Atoyac y me acercó más para que me platique su vida, su aventura en la construcción de la carretera. La mano no deja de temblarle. El Mal de Parkinson lo atrapó y ya no sale. Está allá en su casa, en un sillón, donde yo llego a verlo todos los días a echarnos una platicadita y mirarme en él. El es mi Superman en Camioneta, un ejemplo de hombre. Llegó a esta tierra y aquí se quedó, dando lo mejor de su vida a esta región. Cuidó a su mujer hasta la muerte y le sobreviven cinco hijos: Chela, Silvia, Jorge, José y Chava.

Afuera sigue lloviendo. Poco a poco voy saliéndome de la bruma de mis recuerdos y escucho el ruido de la lluvia que ha servido como música de fondo de mi memoria. Siento en la mano el calor del brazo de mi apá que le he tocado para transmitirle cariño. “Apá”, le digo con la voz quebrada y veo hacia la calle, está lloviendo y murmuro para mí “¿quién detendrá la lluvia?”

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