DIMELO, DIOS: QUIERO SABER

Fernando Hernández, líder de The Kind Later
“Lluv gat tu chein, baibi”, cantaba haciendo malabares con las manos tocando una batería imaginaria siguiendo el ritmo de Caminos del Mal con un inglés mal pronunciado y nada entendido. Saliendo de la Escuela Juan Álvarez, en el camino a la casa pasaba donde Pime, una Tintorería que estaba enfrente de donde ahora está La casa de los Azulejos de Estévez, en la calle Hidalgo. Allí ensayaban Fernando, Toño, Felix y P”ime, los Kind Later. A veces era yelo river, a veces “una pálida sombra”. A veces samba pa’ti”. Cuando yo fuera grande tocaría en un conjunto de rock, como estos chamacos. Porque los Hernández eran muy jóvenes. Y Fito se dormía con el solo de samba pa ti abriendo la boca y los dedos engarzados como corresponde a un rockero que siente la música. Yo no era disparatero pero un ¡verso! hubiera estado apropiado en ese momento. Les perdí la pista porque emigraron a Acapulco, rumbo al éxito. Yo me hice grande.
Cuando el tiempo pasó y llegó el 73 alcancé los 16, dejé la niñez y me convertí en trabajador adulto en Inmecafé. Allí conocí compañeros de trabajo que tenían amistad con Los Chamacos, los que yo conocía como kin late. Ya para entonces yo era un rockero en cuanto a gustos musicales y me cantaba las principales rolas que sonaban en la radio. En una de esas nos organizamos y fuimos a Acapulco al Hotel Continental a ver la actuación de La Ultima Generación (los mismos Kin late). Allí estaban tocando Esteban Castañeda, Antonio y Felix Hernández y Juan José Pimentel. Me acuerdo que nos saludaron y tocaron “la pelea del Kun Fu. “Oh oh oh”. Y los gringos se pararon sonriendo a bailar y cantar. Y yo feliz, también bailando, con mi música y mis ídolos: los kin late. Me pregunto ¿Dónde estuvo el error?
El tiempo corre y no se para. Vinieron a Atoyac varias veces y una de esas los fui a ver. Me acuerdo que le pedí a Fito que tocara samba pa’ti, que le salía muy bien. Y lo hizo. Pero también me dijo que ya no tocaban esa música. ¡Cómo! ¡Imposible! Sí, me dijo. Después me explicó que ahora eran evangélicos y cantaban otro tipo de música. Y yo no pódía entender semejante desperdicio.
Ellos, los Hernández de Don Martín, sembraron la semilla en Atoyac. Un día de 1979 la fuerza de La Palabra azotó el pueblo y me vi arrinconado, envuelto en ese torbellino emocional. De pronto me vi siguiendo a Los Patricios, un par de jóvenes melenudos, uno de ellos con un caminar diferente Con ellos empecé a estudiar la Biblia en la casa de Rubén Bello y me volví uno de ellos, un cristiano. A una reunión asistió Fernando, el líder de Kin Late que ahora se llamaba México 80, Supe que Felix se había separado del grupo.
Yo crecí en la Iglesia Católica. Allí hice mi primera comunión yo solito, sin padrinos ni ropa blanca ni vela ni nada. Solo le dije al padre (debe haber sido Chilolo) que yo quería hacerlo y accedió. Me puso una madrina (con ene) y recé tres padrenuestros y tres avemarías de penitencia por mis pecados. Cuáles, a esa edad. Pero me gustaba ir a la Iglesia y cuando cantaban “”Santo, Santo, Santo es el Señor, Llenos están el Cielo y la Tierra de su Gloria”, a mí se me ponía la piel chinita y me emocionaba. Lo llevo en la sangre: mi madre me enseñó a rezar. Me sabía de memoria “Dulce madre, no te alejes”, “Ángel de la Guarda, Dulce compañía”, Y cuando había rezos por el nacimiento del Niño Dios, yo era padrino del niño y cantaba “Almas amantes tiernas”. En los días de la Virgen, me gustaba aquello de “Amparadme y guiadme a la Patria Celestial.
Con el movimiento de los Patricio y los Hernández me volví aleluyo. Un día que iba lleno de culpas por equivocaciones garrafales, me alcancé en el camino a una viejecita y vi que llevaba una revista “Centinela”. Esa revista yo la conocía por habérmelas regalado unos vendedores de libros. Hice plática con ella y me invitó a su congregación. Al siguiente sábado empecé a asistir a la iglesia de los sabatistas, los Adventistas del Séptimo Día. Allí he permanecido desde entonces, más de 30 años ya. Esa viejecita era Paulita Olea y tiene mucho que descansa en El Señor.
Pero en el inter estudié con los Testigos y asistí a reuniones pentecostales. Además mantuve siempre la mente abierta y no me negué ningún tipo de lectura. Nada le negué a mis ojos, siempre queriendo saber. Ahora, al final del camino, sigo creyendo en la existencia de Dios. Pero sé que es inescrutable, que le puedo dar atributos humanos porque necesito hacerlo, pero que El no tiene forma, no puede tenerla porque va contra la lógica. Creo que las religiones son un gran negocio para los vivales pero sé que los creyentes desamparados no tienen más que esa esperanza. Yo no se las quitaré.
Hace unos días unos amigos me invitaron a una reunión en donde cantamos. Felipe Fierro cantó una que, en medio del bullicio, me hizo pensar un momento en mi andar en los senderos religiosos. Cantaba “dímelo, Dios. Quiero saber dónde se encuentra toda la verdad”. Fueron unos segundos. Pero el tiempo es una eternidad. En esos segundos recorrí un mundo de esperanza y decepción, de querer y de frustración. Sí, quizá queda alguien que tal vez rezará.
Ya quedó lejos mi creencia primera. Tampoco, cuando le hablo al Eterno, le pregunto cosas sin explicación. Pero aún miro al cielo y aun recito para mí el salmo 23: Jehová es mi Pastor.

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