DONDE NUNCA BRILLA EL SOL

Reynalda sola

–Vamos a que Martín nos vea. A quemarle las barbas al diablo.

Solía ir a buscarlo en las tardes a su casa, cuando vivían por la tienda que Javier Galeana tenía en el mercado, por la parte sur, cerca de donde se ponen las combis que van al Ticuí. Por allí vivía y cuando llegaba veía un sonrisa esbozada en la cara de la señora, a mí me parecía una sonrisa de burla. Pero no me afectaba porque comprendía que había razón para reírse: los nombres que manejábamos eran “Tri dog nait”, “Tri sols” , “Tinta blanca”, “Cat Stiven”. Pillo sacaba los LP y los ponía en la consola y seguíamos hablando de esas rolas.

QueMar- tin nos vea es una cosa que yo haría más tarde habitualmente. Pero en ese tiempo le quemé las barbas al diablo en Llano Real. Nos salíamos de Inmecafé y nos íbamos en su Volkswagen a las playas de Llano. A la playa realmente no llegábamos. Nuestra tirada era los terrenos arenosos que están antes, casi pasando el primer pueblito que está desde la desviación de Hacienda Cabañas. Es que le pedí que me enseñara a manejar y él aceptó. Así, en esas arenas yo daba vueltas y vueltas volanteando en el Volkswagen para aprender la volanteada mientras Pillo iba de copiloto enseñándome y en el estéreo del carro sonaba “revolver” de los bitles. Allí mismo, al terminar la práctica, me daba un pasón, ahora sí, a quemarle las barbas a Satanás.

No he visto a Pillo últimamente; la última vez estaba muy canoso. Recuerdo verlo en su cubículo de Inmecafé como Jefe de Recursos Humanos. Muchos compañeros decían que realmente eran recursos inhumanos. Es que Pillo era cabrón, duro. Nada de amiguitos y compadres ni la chingada. Por eso los jefes le tuvieron confianza y lo subieron al puesto de Jefe cuando Daza se fue de Atoyac. La amistad con él yo ya la traía desde los años de Llano Real que platico al principio. Me parece verlo en su cubículo con su peinado a la rarotonga, viendo al personal, tamborileando el escritorio con el lápiz. No hacía nada. Todo delegaba y realmente tenía poca gente: Juan y Rosalba. Y sacaban todo el trabajo, todas las incidencias, todos los descuentos. Y claro, cuando se traba de ajusticiar a un trabajador por violaciones al Reglamento, pues juntaba con eficiencia los antecedentes documentales. Muy eficaz, Pillo, y muy amigo. Cuando yo entraba a sentarme enfrente de él en su cubículo, invariablemente me recibía con esto: ¿juen did yu get yur last vaccineishon? Yo le entendía. Teníamos el mismo curso de inglés de Jempil.

Me acordé de él metido en las reflexiones que dejan los velorios. Hace unos quince días enteramos a mi amá, Doña Reyna. Saliendo de la Iglesia uno de los que cargaron el ataúd era Guillermo Magaña, mi jefe en la Tesorería del Ayuntamiento. Este Magaña, desde que supo del fallecimiento de mi amá se movilizó y me junto un dinerito entre los amigos y me alentó por teléfono: yo andaba en Chilpancingo. Me acuerdo que iba en el autobús cuando sonó el celular y me avisaron de mi casa: Tío, ya falleció mi tía. Tragué grueso y cerré el celular. Todavía faltaba mucho para llegar a Chilpo pero cuando llegara nomás iría en un taxi a la auditoría, entregaría un documento y me regresaría de inmediato. Pero ahora veía por la ventanilla del autobús el paisaje pasar rápido. En mis recuerdos no sentí cuando el paisaje en la ventanilla comenzó a pasar más lento . Yo solo veía el rostro de mi madre cuando en la mañana de ese mismo día la fui a ver a su camita y le di un beso en la frente. Ella quiso decir algo pero solo le salió un gemido. ¡Chingada madre! Si uno supiera. Me hubiera quedado con ella ese día si hubiera sabido que estaba despidiéndose. Pero me fui a trabajar.

Guillermo Magaña es uno de los que llevan el ataúd porque él sabe de lo importante que son los detalles en momentos así. El día del evento no se notan en el remolino de cosas que suceden en un fallecimiento. Pero cuando todo pasa, los detalles quedan allí. Esta escena de Magaña la llevo prendida en mi corazón. Un gran amigo.

Me acordé de él ahora porque al leer la poesía de Cream “Cuarto lanco” he levantado los ojos al horizonte y me he acordado de Llano Real cuando el papá de este Magaña me enseñó a manejar. Con otro Magaña, Enrique, también tuve gran amistad. “Cuche”, nos decíamos mutuamente. Cuando se concrete la Máquina del Tiempo, le pediré al operador que me lleve a cuando pude comprar mi primer Volkswagen. Se lo compré a Carlos Radilla en 2 mil pesos, era modelo 69 así que no era muy viejo. A la altura de donde viven los Terrones (José Luis) me detuve (de por sí manejaba despacio) porque adelante estaba un cuche a media calle comiendo cosas innombrables. Saqué la cabeza por la ventanilla y le grité ¡cuche! ¡cuche! ¡cuche!. Y nada, el pinche cuche no se quitaba. Los vecinos de las casa cercanas veían la escena a carcajadas y José Luis me gritó “con el claxon, Chava”. Rojo de vergüenza le pité y avancé con el carro. Solo para oír un ¡Cuick! El cuche pendejo no se había quitado. Vértebras, dijera Raúl. Pero no lo maté. Eso ocurriría hasta que anduviera en Las Vigas, mucho después. Encima, al llegar Pillo me preguntó “¿Aprendiste a manejar por correspondencia?

Pero ya en la Máquina del Tiempo me regresaré a esas tardes cuando dejaba atrás lo s terrenos de Llano Real y con el rico olor a petate quemado le daba los últimos jalones a la bachita y emprendíamos el regreso a Atoyac cambiando de lugar con Pillo porque para acá yo no manejaba. En el futuro legalizarán la mota y ya no será necesario esconderse ni usar claves para quemarle las barbas al diablo. Podremos visitarnos en Atoyac y encontrarnos que fulanito está de viaje aunque lo veamos en la hamaca. . Pero hoy no está legalizada y guardo los sobrantes para la próxima. En el estéreo suena “Cuarto Blanco” que Cream sacó en el 68 como una súper poesía. Así nos retiramos con llantas reventándose en mi cerebro, techos rojos, cortinas negras, caballos plateados y con las sombras huyendo de sí mismas hacia donde nunca brilla el sol.

En el horizonte hay una línea delgada que separa el cielo de la Tierra. Eso es el horizonte. Allí está el rostro de mi amá, que enterramos hace quince días, el miércoles 15 de octubre de 2003. Esa línea también es la puerta hacia el futuro en donde vislumbro un montón de cosas que aún me tiene reservada esto que llamamos vida.

VENCITES, MIGUEL; VENCITES

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“Se va marchando diciembre y sus posadas”

“Oh, María, Madre mía; Oh, Consuelo del mortal/amparadme y guiadme a la paaaatria celestial”. Qué bonita es la tradición decembrina de los mexicanos. Aunque no seamos guadalupanos es una cosa que hay que aquilatar y no dejar que desaparezca. En mi casa mi hermana Chela hizo un altarcito y llevaron la peregrinación hasta allá. Allí estuve en la puerta viendo a mi cuñado ensonmando a la Virgen cuando llego a las puertas de la casa. Mucho tiempo después, cuando ya no existamos, esa escena seguirá repitiéndose en muchas casas.

En Acapulco, al salir de la sesión de hemodiálisis agarro con mi mujer un colectivo que nos lleve rápido a la terminal para salir a Atoyac. Qué fastidio, hay peregrinaciones. Por más lucha que le hace el chofer no se puede. Peregrinaciones por todos lados. Hace tiempo que dejé las desesperaciones y ahora todo lo agarro con calma (la vida es como te la tomas) así que disfruto viendo las peregrinaciones con su vanguardia de música de viento. Me acuerdo una vez que salí de Inmecafé a un mandado rápido al centro de Atoyac. ¡Uta! La avenida Juan Álvarez estaba hasta la madre por una peregrinación que venía de El Chico. Me acuerdo que forcé el jeep azul (el Aleluyo, le puso Aguilera) que cargaba por la desviación de El Barreno para ganarle la vuelta a los peregrinos pero fue inútil: al salir a la calle por donde Gregorio Castro ya iba allí la peregrinación. Ni modo, a hacer coraje y a esperar. Y eso que todavía no había combis, que sacan la peregrinación más larga y más bonita.

Y luego las posadas. Más peregrinaciones. Ya nos pusimos de acuerdo que unas casa nos van a negar posada (deben cerrarnos las puertas y decir “no hay cuartos”) hasta que la casa de mi hermana diga “entren”. Allí brotará el coro “entren santos peregrinos, peregrinos”., y todos pa dentro. Cuando era niño estrenaba zapatos y ropita. Iba a la Iglesia de la Asunción de María y como no estaba acostumbrado a cargar zapatos pues hacía un gran ruido con los taconazos. Andaba de gala, entrando en la adolescencia, a un pasito de entrar en la hermosa juventud.

Ora que estuve en Cruz Grande tuve una crisis. La tendencia de ventas iba a la baja en comparación con años anteriores y no se levantaba. Todos los días recibía la llamada de mi jefe preguntando por la venta de ayer; ni modo, “no llegamos a la cuota” era mi respuesta. Mi desayuno de seis de la mañana era un centenar de disparates y mentadas de madre junto con pendejeos y amenaza de correrme si no levantaba la venta. En mi desperación pensaba qué iba a hacer sin trabajo y con cinco hijos. No me quedo otra que recurrir a la virgencita. Es que en momentos así te agarras de un clavo ardiente. Ay, Virgencita, ayúdame en este problema y mira, hasta voy a participar en la peregrinación de la Pepsi. Y así lo hice. Ahí está la foto, ahí está la evidencia, dicen mis hijas. Íbamos al frente de la peregrinación con la Fuerza de Ventas con una manta, sonriente por cumplir mi ofenda de ir a la peregrinación (si yo no creo en eso) pero feliz, con los cohetes espantándome detrás de mí y oyendo los cantos de los devotos (en mi mente repitiendo, que no me corran, Virgencita; que no me corran) y cantábamos aquello de “Oh María….”

Desgraciadamente la vida no es como las telenovelas de Televisa y TV Azteca de “Cada quien su Santo”. Peregrinaciones y rezos no solucionaron el problema y me vi fuera de la Empresa. Cabrones. Ese es el precio de ser Jefe. No te pasan nada.

Cuando se haya marchado diciembre todavía nos quedarán los buñuelos de la levantada del Niño dios. Yo sabía ser padrino en estos eventos. Me gustaban las varitas de bengala hasta que casi quemaban. En las posadas me gustaba ver a los pastores. En particular me encantaba ver a las Pastoras del Diablo. Andaba allí un vecino con una capota negra con estrellitas y lunas brillantes con una máscara y una corona. Me quedaba con la boca abierta oyendo aquella retahíla de cosas que se decían El Diablo y San Miguel:

–Parece que veo visiones

–Ninguna visión, cabrón

–Yo soy el meritito Diablo y con esta espada que tengo te voy a dejar capón.

Después de que escribí estas líneas me entró la duda de si esos versos son de las pastoras o de las pastorelas o de la danza del moro (puede que no sea no sea ni lo uno ni lo otro). Ya mi memoria se empina a ratos.

Todo terminaba con el Diablo de rodillas y el Arcángel poniéndole la espada en la cabeza entre gritos de Satanás diciendo “VENCITES, MIGUEL, VENCITES.

Ah. Luego el veinticinco en la Playa de Hacienda de Cabañas, en las amadas, frene al mar, pescado frito con arroz y gente, mucha gente en calzones. Igual el año nuevo.

A pesar de que mis recuerdos están contaminados por el tiempo y la desmemoria, parece que veo esas escenas ahora. Cómo olvidar que fue en una peregrinación de la Virgen en donde El Greñas me dio de la tequila que había sacado de no sé dónde. Allí probé el alcohol por primera vez e inicié una carrera de borracho que no recomiendo a nadie. Pero eso también es parte de la tradición. Por eso, feliz diciembre a todos los lectores de ATL y ojalá que el próximo diciembre podamos recordar cosas navideñas.