Mi pecho, mi mente, mi corazón.

Examen II

Examen final en la Academia Comercial July, 1973

No soy original en esto como tampoco en otras cosas: en mis noches calladas me salía a la piedra que estaba donde después hizo su casa Chucha y desde allí veía el cielo estrellado. Eso era fácil porque no había tanta luz de la ciudad y nosotros vivíamos en lo que en ese tiempo era la orilla del pueblo. Allí, a mis 15 años, pensaba cosas que se piensan a los quince. Y yo no lo sabía pero estaba a un año de iniciar mi aventura de la vida: dentro de un año dejaría la adolescencia y me convertiría en adulto joven. Al escuchar en el radio el grito de la introducción de Felipe Reyes (¡Aquí está Felipe Reyes, el amigo del pueblo!) entonces me metía y me acomodaba en mi catre y me ponía a oír la radionovela. Después, cuando me acomodaba de costado para dormirme empezaba “Amor del Bueno” cuyo fondo musical era una canción de Cuco Sánchez. Antes de dormir veía el techo de la “casa” que habitábamos sin saber también que pronto, a un año y medio, vería en ese techo el rostro de la persona amada en lo que sería el primer amor. Pero eso estaba a años luz de distancia.

Mi abuelo Doroteo le dio a mi Amá ese lugar para que allí mi Apá pusiera unos horcones y unas láminas de cartón negro. El terreno era todo disparejo pues tenía tres paderones. Pero mi Apá siempre acomodaba el lugar donde vivíamos y en el primer paderón cupo una cama, en el segundo dos camas y en el tercero una mesa y la estufita de un quemador. El piso era tierra suelta pues el cemento estaba fuera de nuestras posibilidades. Los catres eran sin colchón pero mi Apá y yo le poníamos mecate y encima un petate. Se dormía bien. Mi abuelo repartió su terreno a sus hijos y a mi Amá le tocó un buen pedazo de tierra colindando con el zanjón que se llamaría calle Anáhuac. Me acuerdo que allí, oyendo la novela de Chucho El Roto, al caer a noche, echábamos los últimos pelotones de lodo a la casita de bajareque que mi Apá construyó mientras mi Amá nos esperaba con un plato de frijoles guisados para cenar. Mis hermanos ya estaban en chinga sentaditos en el suelo changándose los frijoles con tortillas de mano.

¿Quién sufrió más entre mi abuela Joaquina y mi Amá Reynalda con la tormenta de penas que cayeron sobre mi casa? No había pensado en eso hasta ahora. Mi abuela, como toda madre, sufrió al ver a su hija perder cuatro hijos que murieron por falta de recursos y por ignorancia; vio cómo su hija iba quedando inválida y vio como sus otros hijos le arrebataban a su yerno, mi Apá, un pequeño pedazo de tierra donde hacía su milpita. Es que era chante y no merecía que le tocara nada. Creo que mi Abuela sufrió mucho por eso y luego al ver a su hija, ahora, vivir e este tejabán, esta casucha, ya sentada en una silla, sin poder comprar una silla de ruedas y aún así hacer lo posible por guisar algo para los niños y mi apá. Creo que mi abuela sufrió mucho por eso. Mi Abuelo era un hombre rudo y ya había muerto.

Qué importa quién sufrió másAhora mismo estoy tragando grueso al recordar a mi amá contenta en su casa, en su terreno, ayudándome en las tareas mientras yo hacía unas enchiladas. Había quedado definitivamente invalida Se había repuesto de la pérdida de mi hermanito que ni siquiera alcanzó nombre pues murió de inmediato; de mi hermana Victoria que murió ya grandecita; de mi hermano Mario que murió por un piquete de alacrán y de mi hermana Sonia que murió por un lavado intestinal que le hizo una curandera. Como sea allí estaba mi jefecita en su silla llenando planas de ganchos (taquigrafía) mientras yo en la cocina terminaba las enchiladas después de haber barrido y lavado los trastes. Asaba el chile guajillo y lo remojaba y molía en el cajete. Después enrollaba las tortillas de máquina embarrándolas de chile y les ponía cebolla. Me iba con las enchiladas a chingarnoslas con mi amá y mis hermanos. Entonces podía irme a la Academia. Pero se vino otra avalancha de enfermedades y mi Amá tuvo que dividir su terrenito y vender una parte: nos pasamos a vivir a la cocina y la casa la vendimos para pagar médico y medicinas. N contenta la suerte, todavía la cosa se agravó y mi amá tuvo que vender también lo que era la cocina. Entonces tuvimos que mudarnos al tejabán de la casa de mi abuela y allí mi apá acondicionó esta casucha que pese a todo es la casa donde vivo y la quiero. Si, mi amá sufrió todo eso y en la bruma del recuerdo la veo desgarrarse el alma cuando veía a sus hijos que se los llevaban en una cajita blanca, con lazos blancos mientras otros niños iban tirando florecitas, rumbo al panteón. Mi amá quedaba en la casa de mi abuela llorando, sin poder acompañar a sus hijos en el camino a su última morada porque ya estaba invalida. Eso, mis amigos, eso es dolor. Perdón si ahora, a mis años, el sentimiento me gana y me pone a llorar.

Julita era comadre de mis padres. Tenía una Academia que se llamaba “Academia Comercial July”. Allí mi apá me consiguió ingreso sin pagar colegiatura y una máquina de escribir vieja que dio a componer. Setecientos pesos le costó en aquel tiempo y era una fortuna. Julita hizo una buena obra y me aceptó como estudiante a cambio de que en las noches, al terminar las clases, yo me quedara a hacer algún quehacercito. El Profesor Bolívar accedió también a darme clases de inglés sin cobrar. Incluso en el día de San Valentín se hizo intercambio y me dio una pelota. Pura gente buena. Me gustaba quedarme en las noches en la casa de Julita porque acostumbraban merendar con cafecito con lechita, pan y frijoles refritos untados en pan. Eso era fino comparado con lo que cenábamos en mi casa. Era lo mismo pues pero de otro modo: tortillas y frijoles. Allí platicaba Julita con su hermanita la maestra Consuelo y su papá Don Felipe. Este Felipe me regaló “Compendio de Historia Sagrada”, porque Don Felipe vendía libros religiosos. Antes de irme a mi casa, al día siguiente, le ayudaba a tender los libros en el corredor de a Academia.

Estudiar en la Academia Comercial July era una chingonería porque era el único lugar del pueblo donde se podía estudiar para tener ventaja al buscar trabajo. Lo que se enseñaba allí era taquimecanografía y allí iban los que ya no pensaban estudiar más sino dedicarse a trabajar en alguna oficina. Pero muchos de los que estudiaron allí, cuando ya trabajaron, volvieron a la escuela en forma y ahora son licenciados en algo. Algunos son hasta doctores. La taquigrafía se me ha olvidado por completo y en la mecanografía ya no uso la posición correcta de las manos. Eso se debe a que mis tareas de ganchos taquigráficos pues me los hacía mi amá y la máquina de escribir tardaba en ser compuesta solo para volverse a descomponer. Como sea, estuve en el examen final: se invitaba a los padres a presenciarlo. En años anteriores el examen se hacía en el Cine Álvarez y a los graduandos se les vendaban los ojos para que escribieran en la máquina sin ver el teclado. Era la prueba decisiva. A mi me tocó en la academia y ya no me vendaron los ojos. Qué bueno que mi apá se endeudo con el fotógrafo y tengo un recuerdo de ese examen.

Hace poco me encontré a Martín Hernández Valle y le pregunté los nombres de algunos compañeros de ese tiempo y sí se acordó. El rostro se nos iluminó mientras los nombrábamos: Nicolás, el de Alcholoa, Macrina de El Ciruelar, Amparo y Rosario de El Ticuí, Modesta, Licha, Néstor, Noelia, Vicky, Alfredo. Y muchos más que no escribo aquí por esa maña mía de no apuntar mis recuerdos y ahorita se me han ido. Pero sus rostros están allí, en la bruma de mis recuerdos. Para prepararnos para un desfile íbamos a marchar en la carretera a la sierra hasta donde está la calle Florida. De allí nos regresábamos. En ese tiempo, me acuerdo, me inquietaba una morenita, chinita ella, trompudita ella, de ojos bonitos ella, que así como que quería conmigo. Pero yo era chavalo. Mis amigos se burlaban y me decían, “Chava, se te clava la morena”. Yo les decía “si, púes” y ellos soltaban la carcajada. Pasaron muchos años para que yo comprendiera el albur.

Junto con Martín nos acordamos de cuando Juan José se suicidó. Ya estábamos en el mercado laboral cuando supe que Juan se había dado un balazo. Chingao. Juan acostumbraba cantar con la guitarra a una compañera que no le correspondía. También allí como que yo era el elegido. Sospecho eso porque mis amigos eran más favorables a Juan y me veía y decían “de por sí el cuche más feo se lleva la mejor mazorca” y todos asentían. Yo me sentía aludido y creo que desde allí como que me traumaron los cuches. En el futuro, mataré por lo menos uno cuando Zedillo visite Las Vigas.

Ahora estoy en esta piedra viendo el cielo estrellado y he bajado la mirada hacia el sur, donde esta el pueblo. Yo no lo sé pero algún día podré darle a mis padres una casa decente en donde vivir. Por ahora me voy a mi catre a ver el techo de cartón y seguir construyendo en los sueños un futuro que se estrellara cuando vivía la realidad. Eso será muy pronto: dice mi apá que habló con Puyo y me va a ayudar a entrar a laborar a Inmecafé. No sé muchas cosas y no intuyo que ese día iniciaré una aventura por el trabajo, la contabilidad, las mujeres, el orégano y el alcohol. Un mundo está por llegar.

Doña Reyna en su nueva casa.


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