Noche de presagios, no salgas esta noche

luna

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En la tarde estuvo oyendo “La hora Cridens” en “Radio Capital, la discoteca de la gente joven”. Después se levantó de la hamaca y se abrochó los botones de la camisa verde pistache que había estrenado hace poco. Se enzapató y se salió a buscar a los cuates, a ver a quién encontraba dispuesto a echarse unas chelas. Cuando caminaba por la calle División del Norte regresó a ver a ver la montaña azul que quedaba hacia el norte y como ya se había metido el sol se podía ver que ahora habría luna temprana. Entonces tuvo el primer presentimiento de esa noche: “veo una mala luna levantarse en el horizonte”, pensó. Malos tiempos se anuncian.

En el Restaurant enfrente del Cine Álvarez se encontró a unos de la Pintada (así le decían a la colonia que oficialmente llegó a ser la Juan Álvarez). Estos lo conocían y lo querían aunque no eran el grupo con el que frecuentemente se juntaba. Se dio una vuelta por La Sonaja pero era aún muy temprano y en lo que después fue Las Vegas oyó la rockola tocando una cumbia con pretensiones de calentar el ambiente. En su cerebro oía una rola de Cridens, la última que oyó en Radio Capital y que le decía “No salgas esta noche, puedes perder la vida”. Sintió otra vez un leve escalofrió y prefirió no entrar al tugurio. Agarró la desviación para volver a la avenida Juan Álvarez y pensó meterse a los Billares Orbe de lo que desistió agarrándose la boca al recordar un puñetazo que le dieron en el hocico en la última borrachera en ese lugar. “Problemas a la vista” se dijo. Emprendió el camino de regreso pensando que por hoy sería mejor hacerle caso a los presagios. Sintió una mano en el hombro ¡Chava! Le dijeron. Oh, Cris Cras, pensó. Tiu leit. Me hubiera ido desde hace rato. Mientras se veía en los ojos de quien le había hablado se vio sentado con sus primos y vecinos recargados en la pared de la casa de sus abuelos, en una noche como esta, oyendo los cuentos que contaban los más grandes.

Una de esas noches vieron como los grandes salían de sus casas y empezaban a otear el cielo. “¡Ya va a empezar!” gritó alguien. Salió un tropel de gente grande y se juntaba en la calle y en los patios. Los niños se pararon de inmediato y fueron a unirse a los demás y a voltear para arriba, al cielo, a ver qué es lo que veían los demás. ¡Ya va a empezar! Dijo otro y el eco se repitió como murmullo en otros lugares cercanos. ¡Sácate los trastes! Le dijo una madre a su hija. En otras calles se habían puestos más listos y se empezó a oír el golpeteo de los sartenes y las tinas. Tan Tan Tan. En unos momentos el ruido se generalizó en todas partes y Chavita corrió a su calle, a la Anáhuac a refugiarse con su mamá. ¡Dónde vas, Chava! Le gritó su primo El Greñas. Orita vengo, dijo.

Por toda la calle División del Norte, hacia abajo, en donde entroncaba con la Calle Florida, había gente afuera de sus casas con un traste en una mano y un garrote en la otra golpeando. En su calle Anáhuac el panorama no era distinto. ¡Ten hijo!, le dijo su abuela Joaquina mientras le daba un palo y una tina: ¡golpéale fuerte! Si Chava hubiera estado más grande le hubiera contestado “Ni madres” pero esa noche recibió los instrumentos y los puso en el suelo y vio como el ruido se generalizaba más. Un ruido espantoso. Para acabarla de amolar los perros se habían espantado y ladraban o aullaban. Uno de los vecinos tomó un machete y macheteaba a la tierra mientras murmuraba una letanía repetitiva. Chava oyó que lo que repetía era “Déjala, maldita, déjala piche Tierra; déjala maldita, déjala pinche tierra”.

¿Se’stá perdiendo el mundo, Amá? Se dirigió a Doña Reyna. ¡Bah!, pura pendejada, le contestó ella. “La Tierra se está comiendo a la Luna”, le dijo su papá. Chavita volteó hacia el cielo y en efecto, solo quedaba un pedacito de luna. “Ya se lastá-cabando”, gritó espantado y corrió a agarrar los instrumentos que le dio su abuela y le pegó con todas sus fuerzas a con un palo a la tina uniéndose a aquel torbellino de ruido de tinas, machetazos al suelo, ladridos de perros y murmullos y rezos de los mayores. Le pegaba a la tina y rezaba “déjala, maldita, déjala maldita”.

Tanto esfuerzo se vio coronado con el éxito: la luna volvió a aparecer triunfante y ahora brillaba hermosamente en la noche. Es un eclipse, le dijo su abuela. Todo este asunto del ruido es lo que hace la gente para que la Tierra no se coma a la luna. Es puro cuento, nunca se la come. Es normal. “Pero tu me dijiste que golpeara la tina”, le dijo el nieto a la abuela. Sí, pa que te diviertas y lo recuerdes cuando seas grande. No hagas caso, le dijo el vecino que había macheteado a la tierra. Hoy ganamos pero quién sabe si algún día nos quedemos sin luna.

–Qué tienes—Oyó que le preguntaba aquella persona y Chava volvió a la realidad afuera de Los Billares Orbe. Nada, ya me voy. No puedo ir contigo. Me regreso a mi casa, tengo algunas cosas que hacer. ¿Y las chelas? No, tengo un mal presentimiento. No debo estar en la calle hoy. Ahí nos vemos. Se tiró en la hamaca y buscó Radio Capital. Nada. Otras estaciones, nada. Radio Variedades. Nada. Solo noticias: esta noche habrá eclipse de luna. Ya va a empezar, se dijo y añoró su niñez temprana en que a esta hora ya deberían empezar a salir los vecinos a sus patios con los instrumentos para golpear tinas y machetes para machetear la tierra y evitar que la Tierra se comiera a la Luna. Hasta los perros habían dejado esa tradición: ya no se oían sus ladridos. No supo cómo se fue quedando dormido en la hamaca. Quizá fue en su cerebro la guitarra de los crídens anunciando malos tiempos o el murmullo de aquel vecino rezando “déjala, maldita; déjala pinche tierra”.

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