Flor de café, reseña de Arturo García

 

Intervención de Arturo García:

Antes que nada, agradezco al buen Julio el honor conferido para presentar éste su Quinto libro publicado porque como  escritor también, estoy seguro que tiene ya otros más en el tintero, o más bien en el teclado.

Yo también suelo escribir pero no tengo el rigor académico literario de lo que es un ensayo, una novela. Como tampoco sé de los rigores técnicos para interpretar la literatura, y mucho menos conozco de temas de amor, pasión, tensión. Por tanto voy a dar mi opinión con el único criterio que me marca la inspiración de sumergirme en esta corta, pero profunda novela.

Nuestro autor, ha venido desde lejanas tierras disfrazado de un amante y amado mancebo anónimo qué, junto con una mujer hermosa, culta e inteligente desenlaza una trama de amores y pasiones complicadas y complejas teniendo como paisaje la selva cafetalera y toda la serie de problemas sociales, económicos, políticos, ecológicos, culturales que ello puede implicar.

Por ello, me gustaría ubicar el contexto en el que estamos en este momento para colocar la obra de Julio en nuestra realidad y utilizarla como medio para reflexionar y construir acciones que transformen el status actual de la cafeticultura.

Antes de la roya, el sector cafetalero estaba en franca caída, de producción, de calidad, de organización. Con la roya las cosas se complican, más aún cuando no tenemos organización para exigir políticas y acciones que rescaten a la cafeticultura.

Estamos de nueva cuenta en tiempos de la ley de la selva, la guerra sucia de antes aflora con mayor intensidad y trata de hacer posible la desaparición de 43 estudiantes como un crimen perfecto, montando un escenario de estado que pulveriza los cadáveres y los echa al río para borrar toda evidencia. Al final, el Procurador renuncia olímpicamente para que la sociedad olvide todo. Pero no supieron que con este atroz crimen quedó a la luz la podredumbre del sistema. Seguimos esperando a los 43…

Seguimos también padeciendo gobiernos que evitan la transparencia en aras de apropiarse indebidamente del patrimonio del pueblo, pero no saben que algún día serán llamados a la rendición de cuentas.

Estamos inmersos en un proceso electoral gris, con partidos que han pervertido la política y candidatos que se colocan al mejor postor con tal de vivir del presupuesto.

Estamos hoy en una Feria que es de cualquier cosa, menos del café; gracias a que nuestras autoridades han venido dejando perder la cultura y se han dedicado a otros rubros más rentables.

Por ello quiero resaltar que este evento constituye lo único que puede resaltar hoy la fiesta de antaño del café. Gracias a la Reyna por estar y que a partir de aquí su labor sea precisamente la de promover esta cultura del café.

Ahora regreso a nuestro libro de hoy.

Resulta increíble como Julio, en un conjunto de capítulos sin nombre va hilvanando una novela-poema de 96 páginas netas y nos traslada a un mundo desconocido pero conocido y a una historia que se repite y se repite. En el marco de la historia de pasión de pasiones, porque nunca se llega al último peldaño de la escalera que es el amor.

Como si fuera hoy, recorremos los cafetales, la cosecha, el beneficiado. Vemos también los pueblos, los juegos de los niños de antes, los valientes, los borrachos, etc. Conocemos también de las historias del caféy de los cafetómanos acérrimos como lo fueron Beethoven (músico), Goehte (poéta), Balzac (escritor), Napoleón Bonaparte (guerrero), Kant y Voltaire (filósofos) hasta llegar con José Martí (poeta libertario). Pero también nos habla de problemáticas que hasta hoy siguen vigentes.

Lo que más me atrapó es el cómo a través de Dolores Bravo Galeana, joven hermosa, inteligente y culta (progresista y trabajadora le agregaría yo), concibe y construye a la mujer empoderada, empoderada en todo los aspectos incluidos los pasionales. Pero además el cómo el concepto de amor sigue siendo un paradigma que hoy se vuelve más complejo gracias el desarrollo y crecimiento de las sociedades y la tecnología comunicacional. Pareciera ser como dice Joaquin Sabina que el amor es una simple página web?

Los atributos de Dolores deben de representar un horizonte para nuestras mujeres de hoy, más que nada porque llevan sobre sus espaldas la mitad del cielo. Me refiero a su amor al café, a la gente, a la justicia, a la cultura,  al respeto por el medio ambiente y porque no,en su búsqueda por construir un nuevo arte de amar. Nuestras mujeres de hoy tienen que sacudirse de su inercia cotidiana y  asumir los valores y principios que se condensan en Dolores Bravo, lo que significaría su emancipación y total empoderamiento como género para trascender a la historia tal como lo hizo ella.

Algunos se preguntaran ¿Porqué una novela de revolución de pasiones, cuando hoy se necesitan otras cosas?. La respuesta de nuestro autor es bien clara, en el marco de las pasiones del cafetal nos ubica y nos zambulle en toda la problemática que hoy vivimos. A lo largo de cada página y capítulo encontramos en voz de los personajes desde el mundo de los talamontes hasta la organización de la gente, el funcionamiento del narcotráfico y el desplazamiento de poblaciones, las hipocrecías de la religión y el papel de la iglesia, la guerra sucia de antes, el deterioro ambiental y la desaparición de la fauna en la sierra, la importancia del agua y el bosque, los partidos chafas y los gobiernos corruptos, los candidatos que solo buscan chamba, halagos y posiciones, las tormentas tropicales, el crimen organizado, hasta el asesinato cruel del cual la propia Dolores fue víctima.

Todo ello nos lo muestra el autor en el marco de una trama de pasión de pasiones, quizá para que no nos suene tan feo…

Finalmente, nos mueve a consumir el café de nuestra tierra. Nos ilustra con José Martí: “Suntuoso oro ha servido a mis labios en esa amable taza,  que me enardece y alegra. Fuego suave, sin llama ni ardor, aviva y acelera la ágil sangre de mis venas” Y remato con la sincera Dolores Bravo Galeana: El que quiera seguir igual de guilo que no tome café. Y yo le agregaría, si quieres dejar de ser guilo, con todo respeto,  lee Flor de Café.

Muchas gracias¡¡

Arturo García Jiménez

 

 

 

 

Noche de presagios, no salgas esta noche

luna

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En la tarde estuvo oyendo “La hora Cridens” en “Radio Capital, la discoteca de la gente joven”. Después se levantó de la hamaca y se abrochó los botones de la camisa verde pistache que había estrenado hace poco. Se enzapató y se salió a buscar a los cuates, a ver a quién encontraba dispuesto a echarse unas chelas. Cuando caminaba por la calle División del Norte regresó a ver a ver la montaña azul que quedaba hacia el norte y como ya se había metido el sol se podía ver que ahora habría luna temprana. Entonces tuvo el primer presentimiento de esa noche: “veo una mala luna levantarse en el horizonte”, pensó. Malos tiempos se anuncian.

En el Restaurant enfrente del Cine Álvarez se encontró a unos de la Pintada (así le decían a la colonia que oficialmente llegó a ser la Juan Álvarez). Estos lo conocían y lo querían aunque no eran el grupo con el que frecuentemente se juntaba. Se dio una vuelta por La Sonaja pero era aún muy temprano y en lo que después fue Las Vegas oyó la rockola tocando una cumbia con pretensiones de calentar el ambiente. En su cerebro oía una rola de Cridens, la última que oyó en Radio Capital y que le decía “No salgas esta noche, puedes perder la vida”. Sintió otra vez un leve escalofrió y prefirió no entrar al tugurio. Agarró la desviación para volver a la avenida Juan Álvarez y pensó meterse a los Billares Orbe de lo que desistió agarrándose la boca al recordar un puñetazo que le dieron en el hocico en la última borrachera en ese lugar. “Problemas a la vista” se dijo. Emprendió el camino de regreso pensando que por hoy sería mejor hacerle caso a los presagios. Sintió una mano en el hombro ¡Chava! Le dijeron. Oh, Cris Cras, pensó. Tiu leit. Me hubiera ido desde hace rato. Mientras se veía en los ojos de quien le había hablado se vio sentado con sus primos y vecinos recargados en la pared de la casa de sus abuelos, en una noche como esta, oyendo los cuentos que contaban los más grandes.

Una de esas noches vieron como los grandes salían de sus casas y empezaban a otear el cielo. “¡Ya va a empezar!” gritó alguien. Salió un tropel de gente grande y se juntaba en la calle y en los patios. Los niños se pararon de inmediato y fueron a unirse a los demás y a voltear para arriba, al cielo, a ver qué es lo que veían los demás. ¡Ya va a empezar! Dijo otro y el eco se repitió como murmullo en otros lugares cercanos. ¡Sácate los trastes! Le dijo una madre a su hija. En otras calles se habían puestos más listos y se empezó a oír el golpeteo de los sartenes y las tinas. Tan Tan Tan. En unos momentos el ruido se generalizó en todas partes y Chavita corrió a su calle, a la Anáhuac a refugiarse con su mamá. ¡Dónde vas, Chava! Le gritó su primo El Greñas. Orita vengo, dijo.

Por toda la calle División del Norte, hacia abajo, en donde entroncaba con la Calle Florida, había gente afuera de sus casas con un traste en una mano y un garrote en la otra golpeando. En su calle Anáhuac el panorama no era distinto. ¡Ten hijo!, le dijo su abuela Joaquina mientras le daba un palo y una tina: ¡golpéale fuerte! Si Chava hubiera estado más grande le hubiera contestado “Ni madres” pero esa noche recibió los instrumentos y los puso en el suelo y vio como el ruido se generalizaba más. Un ruido espantoso. Para acabarla de amolar los perros se habían espantado y ladraban o aullaban. Uno de los vecinos tomó un machete y macheteaba a la tierra mientras murmuraba una letanía repetitiva. Chava oyó que lo que repetía era “Déjala, maldita, déjala piche Tierra; déjala maldita, déjala pinche tierra”.

¿Se’stá perdiendo el mundo, Amá? Se dirigió a Doña Reyna. ¡Bah!, pura pendejada, le contestó ella. “La Tierra se está comiendo a la Luna”, le dijo su papá. Chavita volteó hacia el cielo y en efecto, solo quedaba un pedacito de luna. “Ya se lastá-cabando”, gritó espantado y corrió a agarrar los instrumentos que le dio su abuela y le pegó con todas sus fuerzas a con un palo a la tina uniéndose a aquel torbellino de ruido de tinas, machetazos al suelo, ladridos de perros y murmullos y rezos de los mayores. Le pegaba a la tina y rezaba “déjala, maldita, déjala maldita”.

Tanto esfuerzo se vio coronado con el éxito: la luna volvió a aparecer triunfante y ahora brillaba hermosamente en la noche. Es un eclipse, le dijo su abuela. Todo este asunto del ruido es lo que hace la gente para que la Tierra no se coma a la luna. Es puro cuento, nunca se la come. Es normal. “Pero tu me dijiste que golpeara la tina”, le dijo el nieto a la abuela. Sí, pa que te diviertas y lo recuerdes cuando seas grande. No hagas caso, le dijo el vecino que había macheteado a la tierra. Hoy ganamos pero quién sabe si algún día nos quedemos sin luna.

–Qué tienes—Oyó que le preguntaba aquella persona y Chava volvió a la realidad afuera de Los Billares Orbe. Nada, ya me voy. No puedo ir contigo. Me regreso a mi casa, tengo algunas cosas que hacer. ¿Y las chelas? No, tengo un mal presentimiento. No debo estar en la calle hoy. Ahí nos vemos. Se tiró en la hamaca y buscó Radio Capital. Nada. Otras estaciones, nada. Radio Variedades. Nada. Solo noticias: esta noche habrá eclipse de luna. Ya va a empezar, se dijo y añoró su niñez temprana en que a esta hora ya deberían empezar a salir los vecinos a sus patios con los instrumentos para golpear tinas y machetes para machetear la tierra y evitar que la Tierra se comiera a la Luna. Hasta los perros habían dejado esa tradición: ya no se oían sus ladridos. No supo cómo se fue quedando dormido en la hamaca. Quizá fue en su cerebro la guitarra de los crídens anunciando malos tiempos o el murmullo de aquel vecino rezando “déjala, maldita; déjala pinche tierra”.

Mi pecho, mi mente, mi corazón.

Examen II

Examen final en la Academia Comercial July, 1973

No soy original en esto como tampoco en otras cosas: en mis noches calladas me salía a la piedra que estaba donde después hizo su casa Chucha y desde allí veía el cielo estrellado. Eso era fácil porque no había tanta luz de la ciudad y nosotros vivíamos en lo que en ese tiempo era la orilla del pueblo. Allí, a mis 15 años, pensaba cosas que se piensan a los quince. Y yo no lo sabía pero estaba a un año de iniciar mi aventura de la vida: dentro de un año dejaría la adolescencia y me convertiría en adulto joven. Al escuchar en el radio el grito de la introducción de Felipe Reyes (¡Aquí está Felipe Reyes, el amigo del pueblo!) entonces me metía y me acomodaba en mi catre y me ponía a oír la radionovela. Después, cuando me acomodaba de costado para dormirme empezaba “Amor del Bueno” cuyo fondo musical era una canción de Cuco Sánchez. Antes de dormir veía el techo de la “casa” que habitábamos sin saber también que pronto, a un año y medio, vería en ese techo el rostro de la persona amada en lo que sería el primer amor. Pero eso estaba a años luz de distancia.

Mi abuelo Doroteo le dio a mi Amá ese lugar para que allí mi Apá pusiera unos horcones y unas láminas de cartón negro. El terreno era todo disparejo pues tenía tres paderones. Pero mi Apá siempre acomodaba el lugar donde vivíamos y en el primer paderón cupo una cama, en el segundo dos camas y en el tercero una mesa y la estufita de un quemador. El piso era tierra suelta pues el cemento estaba fuera de nuestras posibilidades. Los catres eran sin colchón pero mi Apá y yo le poníamos mecate y encima un petate. Se dormía bien. Mi abuelo repartió su terreno a sus hijos y a mi Amá le tocó un buen pedazo de tierra colindando con el zanjón que se llamaría calle Anáhuac. Me acuerdo que allí, oyendo la novela de Chucho El Roto, al caer a noche, echábamos los últimos pelotones de lodo a la casita de bajareque que mi Apá construyó mientras mi Amá nos esperaba con un plato de frijoles guisados para cenar. Mis hermanos ya estaban en chinga sentaditos en el suelo changándose los frijoles con tortillas de mano.

¿Quién sufrió más entre mi abuela Joaquina y mi Amá Reynalda con la tormenta de penas que cayeron sobre mi casa? No había pensado en eso hasta ahora. Mi abuela, como toda madre, sufrió al ver a su hija perder cuatro hijos que murieron por falta de recursos y por ignorancia; vio cómo su hija iba quedando inválida y vio como sus otros hijos le arrebataban a su yerno, mi Apá, un pequeño pedazo de tierra donde hacía su milpita. Es que era chante y no merecía que le tocara nada. Creo que mi Abuela sufrió mucho por eso y luego al ver a su hija, ahora, vivir e este tejabán, esta casucha, ya sentada en una silla, sin poder comprar una silla de ruedas y aún así hacer lo posible por guisar algo para los niños y mi apá. Creo que mi abuela sufrió mucho por eso. Mi Abuelo era un hombre rudo y ya había muerto.

Qué importa quién sufrió másAhora mismo estoy tragando grueso al recordar a mi amá contenta en su casa, en su terreno, ayudándome en las tareas mientras yo hacía unas enchiladas. Había quedado definitivamente invalida Se había repuesto de la pérdida de mi hermanito que ni siquiera alcanzó nombre pues murió de inmediato; de mi hermana Victoria que murió ya grandecita; de mi hermano Mario que murió por un piquete de alacrán y de mi hermana Sonia que murió por un lavado intestinal que le hizo una curandera. Como sea allí estaba mi jefecita en su silla llenando planas de ganchos (taquigrafía) mientras yo en la cocina terminaba las enchiladas después de haber barrido y lavado los trastes. Asaba el chile guajillo y lo remojaba y molía en el cajete. Después enrollaba las tortillas de máquina embarrándolas de chile y les ponía cebolla. Me iba con las enchiladas a chingarnoslas con mi amá y mis hermanos. Entonces podía irme a la Academia. Pero se vino otra avalancha de enfermedades y mi Amá tuvo que dividir su terrenito y vender una parte: nos pasamos a vivir a la cocina y la casa la vendimos para pagar médico y medicinas. N contenta la suerte, todavía la cosa se agravó y mi amá tuvo que vender también lo que era la cocina. Entonces tuvimos que mudarnos al tejabán de la casa de mi abuela y allí mi apá acondicionó esta casucha que pese a todo es la casa donde vivo y la quiero. Si, mi amá sufrió todo eso y en la bruma del recuerdo la veo desgarrarse el alma cuando veía a sus hijos que se los llevaban en una cajita blanca, con lazos blancos mientras otros niños iban tirando florecitas, rumbo al panteón. Mi amá quedaba en la casa de mi abuela llorando, sin poder acompañar a sus hijos en el camino a su última morada porque ya estaba invalida. Eso, mis amigos, eso es dolor. Perdón si ahora, a mis años, el sentimiento me gana y me pone a llorar.

Julita era comadre de mis padres. Tenía una Academia que se llamaba “Academia Comercial July”. Allí mi apá me consiguió ingreso sin pagar colegiatura y una máquina de escribir vieja que dio a componer. Setecientos pesos le costó en aquel tiempo y era una fortuna. Julita hizo una buena obra y me aceptó como estudiante a cambio de que en las noches, al terminar las clases, yo me quedara a hacer algún quehacercito. El Profesor Bolívar accedió también a darme clases de inglés sin cobrar. Incluso en el día de San Valentín se hizo intercambio y me dio una pelota. Pura gente buena. Me gustaba quedarme en las noches en la casa de Julita porque acostumbraban merendar con cafecito con lechita, pan y frijoles refritos untados en pan. Eso era fino comparado con lo que cenábamos en mi casa. Era lo mismo pues pero de otro modo: tortillas y frijoles. Allí platicaba Julita con su hermanita la maestra Consuelo y su papá Don Felipe. Este Felipe me regaló “Compendio de Historia Sagrada”, porque Don Felipe vendía libros religiosos. Antes de irme a mi casa, al día siguiente, le ayudaba a tender los libros en el corredor de a Academia.

Estudiar en la Academia Comercial July era una chingonería porque era el único lugar del pueblo donde se podía estudiar para tener ventaja al buscar trabajo. Lo que se enseñaba allí era taquimecanografía y allí iban los que ya no pensaban estudiar más sino dedicarse a trabajar en alguna oficina. Pero muchos de los que estudiaron allí, cuando ya trabajaron, volvieron a la escuela en forma y ahora son licenciados en algo. Algunos son hasta doctores. La taquigrafía se me ha olvidado por completo y en la mecanografía ya no uso la posición correcta de las manos. Eso se debe a que mis tareas de ganchos taquigráficos pues me los hacía mi amá y la máquina de escribir tardaba en ser compuesta solo para volverse a descomponer. Como sea, estuve en el examen final: se invitaba a los padres a presenciarlo. En años anteriores el examen se hacía en el Cine Álvarez y a los graduandos se les vendaban los ojos para que escribieran en la máquina sin ver el teclado. Era la prueba decisiva. A mi me tocó en la academia y ya no me vendaron los ojos. Qué bueno que mi apá se endeudo con el fotógrafo y tengo un recuerdo de ese examen.

Hace poco me encontré a Martín Hernández Valle y le pregunté los nombres de algunos compañeros de ese tiempo y sí se acordó. El rostro se nos iluminó mientras los nombrábamos: Nicolás, el de Alcholoa, Macrina de El Ciruelar, Amparo y Rosario de El Ticuí, Modesta, Licha, Néstor, Noelia, Vicky, Alfredo. Y muchos más que no escribo aquí por esa maña mía de no apuntar mis recuerdos y ahorita se me han ido. Pero sus rostros están allí, en la bruma de mis recuerdos. Para prepararnos para un desfile íbamos a marchar en la carretera a la sierra hasta donde está la calle Florida. De allí nos regresábamos. En ese tiempo, me acuerdo, me inquietaba una morenita, chinita ella, trompudita ella, de ojos bonitos ella, que así como que quería conmigo. Pero yo era chavalo. Mis amigos se burlaban y me decían, “Chava, se te clava la morena”. Yo les decía “si, púes” y ellos soltaban la carcajada. Pasaron muchos años para que yo comprendiera el albur.

Junto con Martín nos acordamos de cuando Juan José se suicidó. Ya estábamos en el mercado laboral cuando supe que Juan se había dado un balazo. Chingao. Juan acostumbraba cantar con la guitarra a una compañera que no le correspondía. También allí como que yo era el elegido. Sospecho eso porque mis amigos eran más favorables a Juan y me veía y decían “de por sí el cuche más feo se lleva la mejor mazorca” y todos asentían. Yo me sentía aludido y creo que desde allí como que me traumaron los cuches. En el futuro, mataré por lo menos uno cuando Zedillo visite Las Vigas.

Ahora estoy en esta piedra viendo el cielo estrellado y he bajado la mirada hacia el sur, donde esta el pueblo. Yo no lo sé pero algún día podré darle a mis padres una casa decente en donde vivir. Por ahora me voy a mi catre a ver el techo de cartón y seguir construyendo en los sueños un futuro que se estrellara cuando vivía la realidad. Eso será muy pronto: dice mi apá que habló con Puyo y me va a ayudar a entrar a laborar a Inmecafé. No sé muchas cosas y no intuyo que ese día iniciaré una aventura por el trabajo, la contabilidad, las mujeres, el orégano y el alcohol. Un mundo está por llegar.

Doña Reyna en su nueva casa.


BRONCA EN EL CANTA RIO

Los Eugenio

Siempre pensé que La Zuzuka estaba inspirada en el pueblo que está pasando San Jerónimo y resulta que no. Resulta que El Conde le puso así a esa canción inspirado en su moto, marca Zuzuki. Eso lo supe la tarde que estuve platicando con el Dr. Eugenio y su hermano Omar, los hijos del maestro Chon la tarde que me pasé oyendo música viejita de la región: Los Brillantes de Costa Grande, Los Caribe, Condesa Tropical, Sonidos Alegres (del Papayo). Cuántos recuerdos afloraron esa tarde mientras la aguja recorría los negros acetatos de Long Play (LP’s), con la basurita de fondo que da el polvo pero gozando el sentido de alerta que da el estar al pendiente del disco rayado: hay que pararse de inmediato a levantar la aguja y pasarla a la otra pista. La tecnología de ese tiempo estaba muy avanzada y teníamos un mecanismo para poner discos sencillos ( de 45). Había un tubo que se incrustaba en el eje y ese le permitía a los discos y aguja sincronizarse para dejar caer el siguiente disco y a la aguja volver a ponerse en las pista. Automático, se llamaba. Claro, con el tiempo se desgastaba y se venían de golpe y porrazo todos los disco que estaban pendientes sobre la aguja, Ocho se le ponían. Lo más seguro es que el disco que estaba hasta abajo quedara rayado.

a los Chey’s los conocí cuando se llamaban The Sheakes ( di sheiks). Vengo del buscador de gugol y lo traduce como “movimiento”. Quizá lo pensaron como “ritmo”. Sepa. Le digo al Dr. Sergio Eugenio que aproveche la generosidad del Mtro. Felipe y escriba algo sobre la historia de Los Chey. Está pendiente. Así sabremos si es verdad aquella leyenda urbana que dice que se llaman así porque el hijo de Enricón se emberrinchó y como los músicos que estaban ensayando eran seis, en su berrinche les dijo “chin su má los chei”.

Decía que los conocí a principios de los 70’s cuando sabían tocar en el zócalo. En el recuerdo estoy viendo ahora a Enrique con el micrófono en la mano cantando una balada y a un cuate en la batería que quiere destruirla con tanto chingadazo desaforado. Le veo muy saltones los ojos (¿le quemaría las barbas a Satanás?. Ese baterista es muy bueno y se llama Javier. Apaleaba los tambores con verdadera pasión. No, pero para pasión, la manera en que el flaco de los Chame’s requinteaba “Jugo de Uva”. Ahora lo veo a veces en una moto y lo precio mucho, El Conde, parece que le dicen. Cuando sea grande quiero ser como él. O mejor como Enrique cantando “El Palo de la Guayaba”. Recuerdo el ritmo de “Cacharifas ven, vamos a bailar esta cumbia, zanquita, que te va a gustar”. Esa cumbia se llama “Cacharifas, un mesero del Centro Canta Río, de San Jerónimo. En ese centro me puse pendejo con unas chelas y me puse a pelear a la maestra de inglés, Silvia. De pronto me vi rodeado de san jeronimenses que me querían partir la mandarina. De no ser por Miguel, el bajista de los Tigro hubiera recibido una madriza de aquéllas.

Es necesario, le digo a Sergio y a Omar, que se escriba sobre estos amigos. Tenemos a Los Tigros y a los Caribe y muchos etcéteras pero no pueden faltar los Chey. Grabaron un único disco pero es una maravilla. Si lo dudan, corran ahora mismo a buscar sus acetatos y escúchenlos. Si eso es imposible, vayan a You tube y alguna rola encontrarán.

Luego oímos a Los Relumbrosos, bueno, Los Brillantes de Costa Grande y nos deleitamos con la voz de Manuel Armenta. Yo me acordé de las borracheras que me ponía con Miguel, la bronca en Canta Río y terminamos hablando de “El Güero Guerinche” que Cortez compuso en un papel de estraza. “Se los regalo”, les dijo a los Caribe y estos se pusieron a ponerle ritmo y salió esa maravillosa cumbia con sabor a calabaza. Esta metáfora es de Sergio y se refiere al ritmo pegajoso de las trompetas que recuerdan al baile de “La Calabaza “que se baila en las bodas. Efraín Méndez estuvo presente en el recuerdo con la canción que le compuso a su hija Rubí. Qué bonita voz de este Efraín. Pero que inspiración la de Gonzalo Ramírez.

Fue una tarde maravillosa con Sergio y Omar, amigos que aprecian lo viejito. Y no es que estén viejos: Sergio es muy joven y Omar es más o menos de mi edad, un chamaco. Las canciones y las fotos son la máquina de que disponemos los humanos. Con ellas podemos echar marcha atrás, siempre al pasado y nunca al futuro. Ya no es extraño para mí que al estar con los ojos cerrados evocando recuerdos con las canciones viejas mis labios se estiren en una sonrisa. Sí, es seguro que una escena del pasado está en ese momento en mi mente. Al ser consciente de ello, no puedo más que darle gracias a la vida por tantas cosas que me ha tocado vivir. Creo que aún me falta mucho para entregar el equipo pero con lo vivido hasta hoy estoy satisfecho. Ahora me voy porque encontré un karaoke de Juanelo y voy a cantar “Espejismo”. Puras viejitas. Pero bonitas.

DONDE NUNCA BRILLA EL SOL

Reynalda sola

–Vamos a que Martín nos vea. A quemarle las barbas al diablo.

Solía ir a buscarlo en las tardes a su casa, cuando vivían por la tienda que Javier Galeana tenía en el mercado, por la parte sur, cerca de donde se ponen las combis que van al Ticuí. Por allí vivía y cuando llegaba veía un sonrisa esbozada en la cara de la señora, a mí me parecía una sonrisa de burla. Pero no me afectaba porque comprendía que había razón para reírse: los nombres que manejábamos eran “Tri dog nait”, “Tri sols” , “Tinta blanca”, “Cat Stiven”. Pillo sacaba los LP y los ponía en la consola y seguíamos hablando de esas rolas.

QueMar- tin nos vea es una cosa que yo haría más tarde habitualmente. Pero en ese tiempo le quemé las barbas al diablo en Llano Real. Nos salíamos de Inmecafé y nos íbamos en su Volkswagen a las playas de Llano. A la playa realmente no llegábamos. Nuestra tirada era los terrenos arenosos que están antes, casi pasando el primer pueblito que está desde la desviación de Hacienda Cabañas. Es que le pedí que me enseñara a manejar y él aceptó. Así, en esas arenas yo daba vueltas y vueltas volanteando en el Volkswagen para aprender la volanteada mientras Pillo iba de copiloto enseñándome y en el estéreo del carro sonaba “revolver” de los bitles. Allí mismo, al terminar la práctica, me daba un pasón, ahora sí, a quemarle las barbas a Satanás.

No he visto a Pillo últimamente; la última vez estaba muy canoso. Recuerdo verlo en su cubículo de Inmecafé como Jefe de Recursos Humanos. Muchos compañeros decían que realmente eran recursos inhumanos. Es que Pillo era cabrón, duro. Nada de amiguitos y compadres ni la chingada. Por eso los jefes le tuvieron confianza y lo subieron al puesto de Jefe cuando Daza se fue de Atoyac. La amistad con él yo ya la traía desde los años de Llano Real que platico al principio. Me parece verlo en su cubículo con su peinado a la rarotonga, viendo al personal, tamborileando el escritorio con el lápiz. No hacía nada. Todo delegaba y realmente tenía poca gente: Juan y Rosalba. Y sacaban todo el trabajo, todas las incidencias, todos los descuentos. Y claro, cuando se traba de ajusticiar a un trabajador por violaciones al Reglamento, pues juntaba con eficiencia los antecedentes documentales. Muy eficaz, Pillo, y muy amigo. Cuando yo entraba a sentarme enfrente de él en su cubículo, invariablemente me recibía con esto: ¿juen did yu get yur last vaccineishon? Yo le entendía. Teníamos el mismo curso de inglés de Jempil.

Me acordé de él metido en las reflexiones que dejan los velorios. Hace unos quince días enteramos a mi amá, Doña Reyna. Saliendo de la Iglesia uno de los que cargaron el ataúd era Guillermo Magaña, mi jefe en la Tesorería del Ayuntamiento. Este Magaña, desde que supo del fallecimiento de mi amá se movilizó y me junto un dinerito entre los amigos y me alentó por teléfono: yo andaba en Chilpancingo. Me acuerdo que iba en el autobús cuando sonó el celular y me avisaron de mi casa: Tío, ya falleció mi tía. Tragué grueso y cerré el celular. Todavía faltaba mucho para llegar a Chilpo pero cuando llegara nomás iría en un taxi a la auditoría, entregaría un documento y me regresaría de inmediato. Pero ahora veía por la ventanilla del autobús el paisaje pasar rápido. En mis recuerdos no sentí cuando el paisaje en la ventanilla comenzó a pasar más lento . Yo solo veía el rostro de mi madre cuando en la mañana de ese mismo día la fui a ver a su camita y le di un beso en la frente. Ella quiso decir algo pero solo le salió un gemido. ¡Chingada madre! Si uno supiera. Me hubiera quedado con ella ese día si hubiera sabido que estaba despidiéndose. Pero me fui a trabajar.

Guillermo Magaña es uno de los que llevan el ataúd porque él sabe de lo importante que son los detalles en momentos así. El día del evento no se notan en el remolino de cosas que suceden en un fallecimiento. Pero cuando todo pasa, los detalles quedan allí. Esta escena de Magaña la llevo prendida en mi corazón. Un gran amigo.

Me acordé de él ahora porque al leer la poesía de Cream “Cuarto lanco” he levantado los ojos al horizonte y me he acordado de Llano Real cuando el papá de este Magaña me enseñó a manejar. Con otro Magaña, Enrique, también tuve gran amistad. “Cuche”, nos decíamos mutuamente. Cuando se concrete la Máquina del Tiempo, le pediré al operador que me lleve a cuando pude comprar mi primer Volkswagen. Se lo compré a Carlos Radilla en 2 mil pesos, era modelo 69 así que no era muy viejo. A la altura de donde viven los Terrones (José Luis) me detuve (de por sí manejaba despacio) porque adelante estaba un cuche a media calle comiendo cosas innombrables. Saqué la cabeza por la ventanilla y le grité ¡cuche! ¡cuche! ¡cuche!. Y nada, el pinche cuche no se quitaba. Los vecinos de las casa cercanas veían la escena a carcajadas y José Luis me gritó “con el claxon, Chava”. Rojo de vergüenza le pité y avancé con el carro. Solo para oír un ¡Cuick! El cuche pendejo no se había quitado. Vértebras, dijera Raúl. Pero no lo maté. Eso ocurriría hasta que anduviera en Las Vigas, mucho después. Encima, al llegar Pillo me preguntó “¿Aprendiste a manejar por correspondencia?

Pero ya en la Máquina del Tiempo me regresaré a esas tardes cuando dejaba atrás lo s terrenos de Llano Real y con el rico olor a petate quemado le daba los últimos jalones a la bachita y emprendíamos el regreso a Atoyac cambiando de lugar con Pillo porque para acá yo no manejaba. En el futuro legalizarán la mota y ya no será necesario esconderse ni usar claves para quemarle las barbas al diablo. Podremos visitarnos en Atoyac y encontrarnos que fulanito está de viaje aunque lo veamos en la hamaca. . Pero hoy no está legalizada y guardo los sobrantes para la próxima. En el estéreo suena “Cuarto Blanco” que Cream sacó en el 68 como una súper poesía. Así nos retiramos con llantas reventándose en mi cerebro, techos rojos, cortinas negras, caballos plateados y con las sombras huyendo de sí mismas hacia donde nunca brilla el sol.

En el horizonte hay una línea delgada que separa el cielo de la Tierra. Eso es el horizonte. Allí está el rostro de mi amá, que enterramos hace quince días, el miércoles 15 de octubre de 2003. Esa línea también es la puerta hacia el futuro en donde vislumbro un montón de cosas que aún me tiene reservada esto que llamamos vida.

VENCITES, MIGUEL; VENCITES

Blog

“Se va marchando diciembre y sus posadas”

“Oh, María, Madre mía; Oh, Consuelo del mortal/amparadme y guiadme a la paaaatria celestial”. Qué bonita es la tradición decembrina de los mexicanos. Aunque no seamos guadalupanos es una cosa que hay que aquilatar y no dejar que desaparezca. En mi casa mi hermana Chela hizo un altarcito y llevaron la peregrinación hasta allá. Allí estuve en la puerta viendo a mi cuñado ensonmando a la Virgen cuando llego a las puertas de la casa. Mucho tiempo después, cuando ya no existamos, esa escena seguirá repitiéndose en muchas casas.

En Acapulco, al salir de la sesión de hemodiálisis agarro con mi mujer un colectivo que nos lleve rápido a la terminal para salir a Atoyac. Qué fastidio, hay peregrinaciones. Por más lucha que le hace el chofer no se puede. Peregrinaciones por todos lados. Hace tiempo que dejé las desesperaciones y ahora todo lo agarro con calma (la vida es como te la tomas) así que disfruto viendo las peregrinaciones con su vanguardia de música de viento. Me acuerdo una vez que salí de Inmecafé a un mandado rápido al centro de Atoyac. ¡Uta! La avenida Juan Álvarez estaba hasta la madre por una peregrinación que venía de El Chico. Me acuerdo que forcé el jeep azul (el Aleluyo, le puso Aguilera) que cargaba por la desviación de El Barreno para ganarle la vuelta a los peregrinos pero fue inútil: al salir a la calle por donde Gregorio Castro ya iba allí la peregrinación. Ni modo, a hacer coraje y a esperar. Y eso que todavía no había combis, que sacan la peregrinación más larga y más bonita.

Y luego las posadas. Más peregrinaciones. Ya nos pusimos de acuerdo que unas casa nos van a negar posada (deben cerrarnos las puertas y decir “no hay cuartos”) hasta que la casa de mi hermana diga “entren”. Allí brotará el coro “entren santos peregrinos, peregrinos”., y todos pa dentro. Cuando era niño estrenaba zapatos y ropita. Iba a la Iglesia de la Asunción de María y como no estaba acostumbrado a cargar zapatos pues hacía un gran ruido con los taconazos. Andaba de gala, entrando en la adolescencia, a un pasito de entrar en la hermosa juventud.

Ora que estuve en Cruz Grande tuve una crisis. La tendencia de ventas iba a la baja en comparación con años anteriores y no se levantaba. Todos los días recibía la llamada de mi jefe preguntando por la venta de ayer; ni modo, “no llegamos a la cuota” era mi respuesta. Mi desayuno de seis de la mañana era un centenar de disparates y mentadas de madre junto con pendejeos y amenaza de correrme si no levantaba la venta. En mi desperación pensaba qué iba a hacer sin trabajo y con cinco hijos. No me quedo otra que recurrir a la virgencita. Es que en momentos así te agarras de un clavo ardiente. Ay, Virgencita, ayúdame en este problema y mira, hasta voy a participar en la peregrinación de la Pepsi. Y así lo hice. Ahí está la foto, ahí está la evidencia, dicen mis hijas. Íbamos al frente de la peregrinación con la Fuerza de Ventas con una manta, sonriente por cumplir mi ofenda de ir a la peregrinación (si yo no creo en eso) pero feliz, con los cohetes espantándome detrás de mí y oyendo los cantos de los devotos (en mi mente repitiendo, que no me corran, Virgencita; que no me corran) y cantábamos aquello de “Oh María….”

Desgraciadamente la vida no es como las telenovelas de Televisa y TV Azteca de “Cada quien su Santo”. Peregrinaciones y rezos no solucionaron el problema y me vi fuera de la Empresa. Cabrones. Ese es el precio de ser Jefe. No te pasan nada.

Cuando se haya marchado diciembre todavía nos quedarán los buñuelos de la levantada del Niño dios. Yo sabía ser padrino en estos eventos. Me gustaban las varitas de bengala hasta que casi quemaban. En las posadas me gustaba ver a los pastores. En particular me encantaba ver a las Pastoras del Diablo. Andaba allí un vecino con una capota negra con estrellitas y lunas brillantes con una máscara y una corona. Me quedaba con la boca abierta oyendo aquella retahíla de cosas que se decían El Diablo y San Miguel:

–Parece que veo visiones

–Ninguna visión, cabrón

–Yo soy el meritito Diablo y con esta espada que tengo te voy a dejar capón.

Después de que escribí estas líneas me entró la duda de si esos versos son de las pastoras o de las pastorelas o de la danza del moro (puede que no sea no sea ni lo uno ni lo otro). Ya mi memoria se empina a ratos.

Todo terminaba con el Diablo de rodillas y el Arcángel poniéndole la espada en la cabeza entre gritos de Satanás diciendo “VENCITES, MIGUEL, VENCITES.

Ah. Luego el veinticinco en la Playa de Hacienda de Cabañas, en las amadas, frene al mar, pescado frito con arroz y gente, mucha gente en calzones. Igual el año nuevo.

A pesar de que mis recuerdos están contaminados por el tiempo y la desmemoria, parece que veo esas escenas ahora. Cómo olvidar que fue en una peregrinación de la Virgen en donde El Greñas me dio de la tequila que había sacado de no sé dónde. Allí probé el alcohol por primera vez e inicié una carrera de borracho que no recomiendo a nadie. Pero eso también es parte de la tradición. Por eso, feliz diciembre a todos los lectores de ATL y ojalá que el próximo diciembre podamos recordar cosas navideñas.