DECIR AMIGO ES DECIR, BRONCA, CHAMACA Y ALCOHOL

Paro

Los que a esa hora estaba en La Paquita vieron como llevaban a Pancho Arroyo y Chava Ruiz: con la mano torcida atrás, manita de cuche, presos. Arroyo reclamó el trato que les daban los policías y sacó que le dieran un chingadazo y le pusieran la pistola en la cabeza. ¿Se imaginan si en ese tiempo hubieran existido los celulares y alguien subiera el video a yutub?, Los dos líderes del sindicato de Inmecafé presos por alterar el orden público.

Oriundo de Taxco, Arroyo llegó a Atoyac en el 73. En el 72 terminó sus estudios en Zacatepec y trabajó en Chiapas como técnico agrícola en la broca del cafeto. Allí hizo contacto con gente de Inmecafé que entonces se llamaba BEMEX y estaba en liquidación. En el 73 fue a México, a las oficinas del INMECAFE recién creado y se le contrató y asignó a Atoyac. Qué bueno.

Llegó al Departamento Técnico que tenía sus oficinas en el Edificio Ludwig y obtuvo un departamento junto con otros para vivir allí mismo. Quedó bajo las órdenes del Ing. Niebla, robusto el hombre, güero, con sombrero, sinaloense. Allí llegaron, más tardecito, los muchachos promotores del cambio que recién salidos de la universidad, entraron al área de Organización de Productores: Carlos Penichet, Alejandro León, Humberto Barraza, Juan Francisco Castaños. El trabajo de los técnicos era irse a los cafetales a brindar asistencia a los cafeticultores para que tomaran una de dos alternativas con sus cafetales: o la renovación de plantas o la recepa. Los promotores, en cambio, atacaban el lado organizativo formando Uniones de Crédito Ejidal, las UEPC’s.

El Arroyo de aquel tiempo no era muy diferente del ahora Licenciado Arroyo y futuro politólogo: güero, cabello lacio cayéndole en la frente, de caminar pausado, mirada atenta, de largo pensar antes que hablar, parrandero y mujerero. Fue fundador de la Preparatoria 22 y de inmediato se contaminó con las ideas revolucionarias que abundaban en el ambiente universitario dirigido por Wences Reza y la Universidad Pueblo. De inmediato su ideología adquirió el tono rojizo de los comunistas. Su relación con Chava Ruiz era inevitable pues éste había adquirido en esos años un color escarlata debido a su inserción en la izquierda revolucionaria y se le había metido en la cabeza que había que democratizar al sindicato de Inmecafé.

El Sindicato estaba en manos de los patrones primero a través de Puyo y después de Antonio García Michelin. Penichet , León y Barraza, arrebataron la dirección sindical y pasó a manos de estos nuevos muchachos que se agrupaban en torno al líder nacional llamado “El Ruso” por haber estudiado en la URSS. Todo fue miel sobre hojuelas durante muchos años: Penichet, Barraza y León se turnaban la dirección del sindicato. Así fue hasta que Chava Ruiz y Arroyo tuvieron una plática: hay que quitarle la dirección a estos cabrones y que la tome gente de Guerrero, hay que democratizar la sección. Así nació la Planilla Roja “Cambio Total: Venceremos” integrada por Salvador Ruiz Fierro, Francisco Arroyo Delgado, Guadalupe Galeana Pano, Inocencio Santiago Vázquez y Evangelina López Ocampo. Puro guerrerense. En 1980 asumieron la dirección.

El Sindicato de Inmecafé tuvo muchos líderes valiosos en Atoyac pero es innegable que fue en el período de esa dirección cuando tuvo el color más rojizo: se realizó la primera marcha obrera en Atoyac el uno de mayo, se realizaron tres paros en el Inmecafé y se realizó una movilización con marchas y paros logando la basificación de 48 trabajadores eventuales.. Ahora eso es normal pero en ese tiempo aún había miedo por lo de Lucio. En uno de esos paros intervino el ejército para disolverlo. Tres compañeros fueron desaparecidos ocho días y luego puestos en libertad por la presión de los trabajadores. Hubo una confrontación álgida entre los trabajadores y el patrón, en ese tiempo Nabor Ojeda Delgado. Sí, fue esa dirección la pionera del resurgimiento de las luchas obreras en Atoyac después de la represión habida en los 70’s.

Pero la coincidencia entre Ruiz y Arroyo no era solo el color ideológico. Entre otras tenían la afición al chupe. Después de cada asamblea, los sábados, se formaban grupos de trabajadores que se diseminaban por las cantinas y restaurantes de Atoyac. Por ser dirigentes, Panchito y Chava se mantenían juntos en las borracheras para atender a los dirigentes nacionales que tampoco eran negados al alcohol. Cualquier lugar era bueno: el Paraíso Tropical, La Pasadita, Chabelona, La Jarocha, El Carioca, Las Calandrias, La Revancha, y muchos etcéteras. En el Carioca coincidieron en despreciar a una rubia grandota, muy bonita, que se les insinuaba abiertamente. Optaron por dejar que otro se fuera con ella. La suerte le cayó a un licenciado que estaba en el grupo, se la llevó al cuarto y de inmediato salió corriendo abriendo tamaños ojotes entre las risotadas de la concurrencia. En ese momento en otro lugar del salón se inició una bronca y empezaron a volar las botellas y apagaron la luz. Para acabarla de amolar la rubia salió también persiguiendo al licenciado y Arroyo, como pudo, sacó al compañero de aquel lugar. No pararon hasta llegar al Volkswagen en el que andaban. Nos vimos hasta el otro día.

En una de esas coincidencias raras de la vida Panchito Arroyo y Chava Ruiz estaban bebiendo ya noche y habiéndose ido los demás ellos continuaron solos la parranda. Chava cargaba una guitarra porque le gustaba contar canciones de Serrat. No sé cómo diablos en la plática de borrachos surgió el nombre de una chamaca que había sido novia de Chava. Resulta que Panchito Arroyo comentó que también la había pasado por las armas . No faltaba más: surgieron los celos retroactivos y Chava Ruiz le dejó ir un guitarrazo. Se calmaron y se fueron discutiendo por la calle. Cuando llegaron atrás de la Iglesia, casi por donde la maestra Zoila, Arroyo enfadado le dijo “bueno, si quieres vamos a sacarnos el coraje y nos damos un tirito”. Sale. Chava, chapucero, madrugó con una patada a los gûevos que se perdió en el aire y Arroyo respondió con tremendo mandibulazo que hubiera envidiado Paquiao. Apenas estaban empezando la gresca cuando se vieron rodeados de policías. Los sometieron y les pusieron la mano atrás de la espalda haciéndolos caminar hacia la cárcel.

Pasaron por La Paquita, que todavía estaba abierta y allí estaba Coquis, la mujer de Victorio. Ella, diciendo “no puede ser” los siguió y cuando Chava y Arroyo, en la cárcel, buscaban el pretilito para sentarse mientras saludaban a Ludin que ya estaba allí., les hablaron y los sacaron. La Coquis pagó la multa y los dejaron libres.

Chava Ruiz ya no bebe por causas ajenas a su voluntad. Arroyo pronto se licenciará en Politología pero le sigue gustando el vino. Al comprar un refresco en la Terminal lo veo y lo saludo con gusto. Nos venimos a Atoyac juntos, recordando esos años a veces reflexionando y a veces con carcajadas. Antes de bajarnos le digo: Licenciado, qué bueno que estaba Coquis allí, si no………Allá estuviéramos.

Prepa Paro

DIMELO, DIOS: QUIERO SABER

Fernando Hernández, líder de The Kind Later
“Lluv gat tu chein, baibi”, cantaba haciendo malabares con las manos tocando una batería imaginaria siguiendo el ritmo de Caminos del Mal con un inglés mal pronunciado y nada entendido. Saliendo de la Escuela Juan Álvarez, en el camino a la casa pasaba donde Pime, una Tintorería que estaba enfrente de donde ahora está La casa de los Azulejos de Estévez, en la calle Hidalgo. Allí ensayaban Fernando, Toño, Felix y P”ime, los Kind Later. A veces era yelo river, a veces “una pálida sombra”. A veces samba pa’ti”. Cuando yo fuera grande tocaría en un conjunto de rock, como estos chamacos. Porque los Hernández eran muy jóvenes. Y Fito se dormía con el solo de samba pa ti abriendo la boca y los dedos engarzados como corresponde a un rockero que siente la música. Yo no era disparatero pero un ¡verso! hubiera estado apropiado en ese momento. Les perdí la pista porque emigraron a Acapulco, rumbo al éxito. Yo me hice grande.
Cuando el tiempo pasó y llegó el 73 alcancé los 16, dejé la niñez y me convertí en trabajador adulto en Inmecafé. Allí conocí compañeros de trabajo que tenían amistad con Los Chamacos, los que yo conocía como kin late. Ya para entonces yo era un rockero en cuanto a gustos musicales y me cantaba las principales rolas que sonaban en la radio. En una de esas nos organizamos y fuimos a Acapulco al Hotel Continental a ver la actuación de La Ultima Generación (los mismos Kin late). Allí estaban tocando Esteban Castañeda, Antonio y Felix Hernández y Juan José Pimentel. Me acuerdo que nos saludaron y tocaron “la pelea del Kun Fu. “Oh oh oh”. Y los gringos se pararon sonriendo a bailar y cantar. Y yo feliz, también bailando, con mi música y mis ídolos: los kin late. Me pregunto ¿Dónde estuvo el error?
El tiempo corre y no se para. Vinieron a Atoyac varias veces y una de esas los fui a ver. Me acuerdo que le pedí a Fito que tocara samba pa’ti, que le salía muy bien. Y lo hizo. Pero también me dijo que ya no tocaban esa música. ¡Cómo! ¡Imposible! Sí, me dijo. Después me explicó que ahora eran evangélicos y cantaban otro tipo de música. Y yo no pódía entender semejante desperdicio.
Ellos, los Hernández de Don Martín, sembraron la semilla en Atoyac. Un día de 1979 la fuerza de La Palabra azotó el pueblo y me vi arrinconado, envuelto en ese torbellino emocional. De pronto me vi siguiendo a Los Patricios, un par de jóvenes melenudos, uno de ellos con un caminar diferente Con ellos empecé a estudiar la Biblia en la casa de Rubén Bello y me volví uno de ellos, un cristiano. A una reunión asistió Fernando, el líder de Kin Late que ahora se llamaba México 80, Supe que Felix se había separado del grupo.
Yo crecí en la Iglesia Católica. Allí hice mi primera comunión yo solito, sin padrinos ni ropa blanca ni vela ni nada. Solo le dije al padre (debe haber sido Chilolo) que yo quería hacerlo y accedió. Me puso una madrina (con ene) y recé tres padrenuestros y tres avemarías de penitencia por mis pecados. Cuáles, a esa edad. Pero me gustaba ir a la Iglesia y cuando cantaban “”Santo, Santo, Santo es el Señor, Llenos están el Cielo y la Tierra de su Gloria”, a mí se me ponía la piel chinita y me emocionaba. Lo llevo en la sangre: mi madre me enseñó a rezar. Me sabía de memoria “Dulce madre, no te alejes”, “Ángel de la Guarda, Dulce compañía”, Y cuando había rezos por el nacimiento del Niño Dios, yo era padrino del niño y cantaba “Almas amantes tiernas”. En los días de la Virgen, me gustaba aquello de “Amparadme y guiadme a la Patria Celestial.
Con el movimiento de los Patricio y los Hernández me volví aleluyo. Un día que iba lleno de culpas por equivocaciones garrafales, me alcancé en el camino a una viejecita y vi que llevaba una revista “Centinela”. Esa revista yo la conocía por habérmelas regalado unos vendedores de libros. Hice plática con ella y me invitó a su congregación. Al siguiente sábado empecé a asistir a la iglesia de los sabatistas, los Adventistas del Séptimo Día. Allí he permanecido desde entonces, más de 30 años ya. Esa viejecita era Paulita Olea y tiene mucho que descansa en El Señor.
Pero en el inter estudié con los Testigos y asistí a reuniones pentecostales. Además mantuve siempre la mente abierta y no me negué ningún tipo de lectura. Nada le negué a mis ojos, siempre queriendo saber. Ahora, al final del camino, sigo creyendo en la existencia de Dios. Pero sé que es inescrutable, que le puedo dar atributos humanos porque necesito hacerlo, pero que El no tiene forma, no puede tenerla porque va contra la lógica. Creo que las religiones son un gran negocio para los vivales pero sé que los creyentes desamparados no tienen más que esa esperanza. Yo no se las quitaré.
Hace unos días unos amigos me invitaron a una reunión en donde cantamos. Felipe Fierro cantó una que, en medio del bullicio, me hizo pensar un momento en mi andar en los senderos religiosos. Cantaba “dímelo, Dios. Quiero saber dónde se encuentra toda la verdad”. Fueron unos segundos. Pero el tiempo es una eternidad. En esos segundos recorrí un mundo de esperanza y decepción, de querer y de frustración. Sí, quizá queda alguien que tal vez rezará.
Ya quedó lejos mi creencia primera. Tampoco, cuando le hablo al Eterno, le pregunto cosas sin explicación. Pero aún miro al cielo y aun recito para mí el salmo 23: Jehová es mi Pastor.

Quién detendrá la lluvia

Brígido

“¿Quién parará la lluvia?”, solía preguntarme viendo la lluvia intermitente. Es buena, me decía, porque refresca. Pero de todos modos, preguntarme quién la detendrá me hacía pensar en el Eterno. Antes creía que El la mandaba pero cuando vi los estragos que causa entre la población jodida me dije que El no puede mandar ese daño. Cuando tenía seis años yo no pensaba eso. Me acuerdo (porque mis recuerdos los guardo desde mis cuatro años) de El Tara. Hasta mi casa se oía el zumbido del río que, a la altura del Barreno, se salió hasta donde Toño, el señor que se arrastraba porque estaba deforme de sus dos piernas. Así nació. Cuando fui joven lo seguí viendo y a pesar de su invalidez era bien borracho y bien grosero. Por allí vivía, por donde Doña Matías para abajito. Hasta allí llegaba el río. Llovió seis días en Atoyac y, cuando ya había dejado de llover, fuimos con mis papás a ver cómo por el río iban vacas, burros, animales arrastrados por la corriente. Iban muertos. Y muchos troncos de madera. Yo creo que desde entonces me quedé preguntándome “quién parará la lluvia. Pero yo no lo sabía. Es decir, yo no sabía que con el tiempo yo me iba a preguntar eso.

¡Amonéeeeeeees!

El grito me saca de mis cavilaciones. Es un muchacho de unos catorce años que en la locomotora va gritando “amonés” mientras hace sonar la campana avisando que el tren se marcha. Con su camisa amarrada y sus pantaloncitos de manta con una mano agarra el badajo de la campana y con la otra se ajusta el sombrero. Es Carmelo. Es Tlaquiltenango y corre el año de 1941, gobierna la República don Lázaro Cárdenas.

Se salió de su casa a los nueve años porque su papá lo maltrataba mucho. Su mamá Alberta ya había fallecido y ahora su Papá, Don José Ruiz, se había buscado otra mujer y le daba preferencia. Don José tenía influencias en el Ayuntamiento y lo tenía amenazado de echarlo preso por rebelde. Y tenía nueve años. Le avisó a un tío y alistó una muda de ropa y se fue. Anduvo por muchos pueblos y a los catorce ya era un muchacho fuerte, trabajador. Vendía naranjas cuando le dio trabajo el operador del tren. Se llama Carmelo.

Carmelo llegó a estos rumbos por acá arriba, por Tlapehuala, por la corta del café. Así llegó a Atoyac y conoció a su Chatita, Doña Reyna. Con ella se pudo casar porque su patrón, Don Lucio, que vivía en la Calle Grande, donde se hacían las carreras de caballos, le dio hospedaje y trabajo. No te voy a pagar pero te voy a dar comida y ropa y cuando te cases yo te caso. Y le cumplió.

Allá por 1963 se inició la construcción de la carretera que va al Paraíso. Empezaron a la altura del panteón, donde termina la Hermenegildo Galeana. El Ing. Mario Zenteno se enojó porque empezaron la carretera a la altura de la calle Florida y dejaron un trecho en mal estado. Los regresó a que empezaran por el panteón. Era tiempo de lluvia y me acuerdo que de la calle Florida sacaron una brecha que entroncaba a la Galeana un poco más abajo del panteón. Es que estaba feo el lodazal por los trabajos de construcción de la carretera. Me acuerdo clarito de eso, como si lo viera ahorita.

Carmelo se llama Brígido y tiene 36 años. Entró a trabajar después de hacer fila en el Tejabán donde los apuntaban. Ahora ya han avanzado y van un poco arriba del Tejabán, por donde tiran basura cuando no pasa el camión. Está almorzando sentado sobre una piedra y enfrente de él está su retoño. Brígido lo ve y sonríe con ternura. Es su Chavita. Tiene seis años y le trae el lonche desde la calle Anáhuac. Se acompaña con las hijas de Toño Lezma y otros., Allí está Chencho Acosta, que es el Cabo de Peones. Brígido trabaja de barrenador: hay que barrenar ls piedras en donde se coloca la dinamita. Luego se corta la carretera con peones a ambos lados y cuando abren la mechita gritan “¡ESTA PEGADO! A partir de allí ya nadie pasa porque en segundos sobreviene el estruendo y la piedra estalla. ¡BUM! Se oía hasta el pueblo.

Brígido gana 18 pesos a la semana con el ascenso que le dieron de barrenador. No sabía usar la máquina pero aprendió. Todo se puede cuando se quiere trabajar, le decía a su chilpayate. El Ing. Mario Zenteno lo trata bien. Quedó a cargo desde que cambiaron a Don Mario Vega. Eso sucedió cuando mataron a Lupe Fieros por allí por El Chichalaco. Yo lo acompaño los sábados cuando va a rayar. El lugar de pago es donde Don Baltasar, en el futuro, pondrá unos futbolitos y más tarde habrá una papelería. Allí mi apá firma y le dan un sobre blanco con dinero. Ese día va bien charrito, con camisa de guayabera y zapatos brillantes. Yo también voy limpiecito y con zapatos. Es un día alegre: es el día de pago. Mi apá juega un ratito dominó y luego vamos a comprar cositas. En la casa nos espera mi amá que ya empieza a tener problemas para caminar.

Pasando el domingo se iniciará otra semana de trabajo y los peones se juntarán en El Tejabán de donde son transportados en carros de volteo hasta donde vaya la carretera. Mi apá solo llega hasta San Andrés de la Cruz. Quedaba ya muy lejos Atoyac y él tenía que venir a cuidar a su Chatita que estaba cada vez más enferma.

Ahora estoy hablando con mi apá sobre la lluvia. Está lloviendo fuerte en Atoyac y me acercó más para que me platique su vida, su aventura en la construcción de la carretera. La mano no deja de temblarle. El Mal de Parkinson lo atrapó y ya no sale. Está allá en su casa, en un sillón, donde yo llego a verlo todos los días a echarnos una platicadita y mirarme en él. El es mi Superman en Camioneta, un ejemplo de hombre. Llegó a esta tierra y aquí se quedó, dando lo mejor de su vida a esta región. Cuidó a su mujer hasta la muerte y le sobreviven cinco hijos: Chela, Silvia, Jorge, José y Chava.

Afuera sigue lloviendo. Poco a poco voy saliéndome de la bruma de mis recuerdos y escucho el ruido de la lluvia que ha servido como música de fondo de mi memoria. Siento en la mano el calor del brazo de mi apá que le he tocado para transmitirle cariño. “Apá”, le digo con la voz quebrada y veo hacia la calle, está lloviendo y murmuro para mí “¿quién detendrá la lluvia?”

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EL PROFESOR TEOFILO

Fam Salas

El Profr. Teófilo Salas, Chavaruiz y la Profra. Lavinia Martínez

Hace unos días estuve en la casa del Profesor Teófilo Salas y tuve oportunidad de platicar con él y con la maestra Lavinia. . Qué tarde tan bonita pasé en esa charla con ellos y con algunos de sus hijos. No sé. La imagen que yo tenía del maestro y la maestra era la que guardo de mi niñez: los adultos, los papás de Teofilito, Mary. Romancito, Joselito y Juan Carlos. Ahora están casi todos ellos y la familia se ha hecho numerosa por los casamientos y los nietos. Me acuerdo que a su casa, cuando vivían en la Anáhuac, asistíamos los chamacos a ver los partidos del América. Allí comprábamos cubitos y volvíamos a la cascarita de futbol en la calle Florida. De sus hijos, Teófilo jugaba. Los demás estaban chiquitos y no jugaban. Ni Mary, porque las mujeres no jugaban futbol todavía

Yo siento admiración por el Profesor Teófilo: llegó en 1954 a estas tierras y de inmediato se puso a dar clases en la escuela Semi-Urbana Juan Álvarez. Procedía de Ayotzinapa y daba clases a los de tercer año aunque en los años en que ejerció la docencia dio a varios grados. Finalmente, cuando el Profesor Constantino Sánchez dejó la dirección de la Escuela el nombramiento recayó en el Profr. Teófilo Salas. 21 años de maestro y 25 en la dirección de la escuela. Quién puede negar que esta persona no oriunda de Atoyac ha dado lo mejor de sí mismo en bien de nuestro pueblo. Aquí se casó con la maestra Lavinia Martínez, hija de doña Juana Reyes y don Emigdio Martínez. Procrearon cinco hijos que son una parte de mis amigos de la niñez, todos ellos personas de bien, que son de provecho para la sociedad, un orgullo para sus padres.

El Maestro ahora pasa por algunos problemas de salud propios del paso de los años. Pero allí está, sencillo, honorable. La maestra Lavinia también está retirada de la docencia, habiendo servido muchos años en la Secundaria 14. Estoy en su casa porque a raíz de una visita que me hicieron el Maestro Román y su esposa Aurelia, hablando de los diversos tipos de pozole, quedamos que me iban a invitar al pozole de camagua. Hoy se llegó el día y estoy probando ese pozole: a pesar de la segura ventazón que voy a agarrar ( el pozole lleva frijoles, maíz y carne de cerdo) me está gustando. Que tarde tan bonita, llena de recuerdos. Todos ellos guardan algo de ese tiempo, una memoria, una imagen, una palabra. Al final le he pedido al maestro y a la maestra que acepen tomarse una foto conmigo que es la que ilustra este relato. Han aceptado muy amables. Antes de levantarme de la silla echo una mirada a la familia reunida en la mesa y me detengo en los ojos del profesor Teófilo. Y pienso: “bienaventurado el hombre que no anduvo en consejo de malos…Será como árbol plantado junto a corrientes de agua, que da su fruto en su tiempo y su hoja no cae”. Al despedirnos aprieto cariñoso las manos de todos ellos y en la del maestro Román y su esposa la Dra. Aurelia dejo también un agradecimiento por haber propiciado esta tarde maravillosa en que he recordado mi niñez cuando “creo que, entonces, yo era feliz”.

Calle Anáhuac

Pochote

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Ahora que se acostumbra dar medallas de reconocimiento a los grandes atoyaquenses, habría que proponer al funcionario desconocido que le puso el nombre a esa calle. O mejor al ingeniero que aceptó poner la calle en el croquis de la ciudad. Más bien habría que darle medallas a los primeros que se fueron a vivir a esa calle. Es que no era calle. Era un zanjón que empezaba donde ahora es la calle cafetal (otro eufemismo) y se acaba más debajo de la casa de Lena la de Nayo. Ese zanjón se iba haciendo grande más o menos desde donde Nico y ya cuando iba a la altura de la casa de Víctor Fierro tenía más o menos unos dos metros de ancho y uno o uno y medio de profundidad. En su fondo había basura y arena, mucha arena que la lluvia arrastraba de arriba. El zanjón se hacía más feo al caminar hacia abajo aunque a la altura de donde Nayo se angostaba y dejaba un espacio por donde caminaba la gente.

Después de la casa de Nico seguía la del Güero, la de Margarito, Wlfrano, Víctor, Froilán, Don Rosas, Julio Rojas, la esquina de la casa de Alfredo y luego la casa de doña Juana Millo. Enfrente de estas casas quedaban los terrenos de don Gilberto, la casa de Brígido, Arnulfo, María Galindro y luego estaba el imponente Tamarindo, que era el lugar de reunión de los chamacos a cualquier hora del día, pero más en ls tardes, después del futbol. Por el lado de arriba El pochote marca el inicio del camino a las milpas, a la azul montaña a cuyo pie está Atoyac. Cuando sopla el viento las vainas del pochote sueltan una cosa así como lana, como algodón. El aire se llena de estos algodoncillos que andan volando según el capricho del viento y yo los persigo, imaginando que yo también estoy volando. ¡Ten cuidado con los vidrios!, grita mi amá porque andamos descalzos por la arena del zanjón.

En el 94 María de la Luz dio el cemento para la pavimentación de esta calle y los vecinos cada quien aportó su labor, su fajina, para ir pavimentando el frente de cada casa. Así se logró que la calle Anáhuac quedara pavimentada. Pero el trabajo de modernización de la calle se debe a los propios vecinos que desde más antes, allá por el 67 empezaron a poner muros de piedra para que la arena que la lluvia arrastraba se fuera quedando emparejando el zanjón. Había muros donde Froilán, otro por donde Julio Rojas y el último enfrente de la casa del Profesor Teófilo.

Los cocoles de Memo

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Los cocoles de Memo son el sueño de todos nosotros. Memo también es el ídolo, Somos Memo. Hace unos cocoles grandotes, con brillantes colores del papel de china que compra donde Don Bone. Se sale a las raíces del Tamarindo y allí pule las varillas de hueso de palapa que son el armazón del cocol, muy raras veces hace culebrinas. Les pone rezumbador y navajas en la cola y luego los vuela. Algún chamaco se “lo tiene” más o menos a la altura de donde vive Adolfo y Memo le va soltando cuerda desde donde está parado, enfrente de la casa de doña María Galindro. Luego hace la trompa con la boca y empieza a llamar al viento: “Viento, viento, viento”, es lo que dice con el chiflido. Y cuando el viento llega Memo grita ¡SUELTALO! Y jala y maneja el carrete del hilo del Oso y allá va, hacia las nubes, el cocol de Memo. Y nosotros vamos alzando la mirada a medida que se va elevando. Y cómo rezumba de bonito. En el cielo ya hay otros cocoles de otros chamacos que desde más temprano ya tienen sus papalotes en el aire. Los vuelan más o menos de donde María Segrero. Pero si vemos el cielo hacia el sur, hay otro montón de cocoles que vienen. Estos los vuelan desde alguna azotea del centro. Allá arriba empezará la batalla de los cocoles, para eso se le ponen las navajas a la cola, para trozarles el hilo a los demás. Los que van perdiendo se van sueltos llevados por el viento y por la calle Anáhuac y la calle División del Norte empiezan a correr los chamacos para ver donde queda el cocol encajado y bajarlo y apropiárselo. El dueño, generalmente, no lo pelea, lo deja para los que corren, los que no sabemos hacer cocoles así pero queremos uno. Yo a lo más que llego es a volar faroles, un papel de china doblado y con hilos de coser lo vuelo. El farolito no se eleva ni por arriba de mi cabeza pero aun así soy Memo e imito el rezumbido de los cocoles con la boca. Cuando se vuelan cocoles hay que tener cuidado cuando uno se va haciendo para atrás mientras el papalote se eleva. Es que a la altura de la casa del Profesor Teófilo hay un muro que hicieron para detener la arena que las lluvias bajan por el zanjón de la calle Anáhuac. Allí ya se han caído algunos porque al ir para atrás de repente pisas el vacío y ¡pacátelas!

PASARELA EN EL PRD de Atoyac

Javier Pablo

Se ha verificado la pasarela política del PRD municipal para que la militancia y ciudadanía conozca las propuestas de los diez aspirantes a la candidatura de ese partido a la Presidencia Municipal. En nuestra calidad de ciudadano sin partido y desde la perspectiva de un estudioso de política este es nuestra opinión del evento.

De los diez aspirantes hay algunos que por no tener ninguna trayectoria de lucha ni social ni electoral debieron comprender que carecen de cualquier arraigo para aspirar a la candidatura; otros, precisamente por la trayectoria que tienen y el pueblo conoce, deberían abstenerse de participar. Como sea, allí estuvieron diez flamantes aspirantes. Sobre sus discursos Tony Radilla fue el primero en recibir el rechazo del auditorio debido a lo largo de exposición aburrida y sin respetar el límite de tiempo asignado. En definitiva, no se le vio madera para competir contra el PRI. José Castro Castillo esgrimió su mejor arma: sus “buenas intenciones” y pues creo que todos concordarán que las batallas no se ganan con buenas intenciones. Juan Carlos Pérez tuvo un discurso emotivo casi de autoayuda que es inadecuado en estas lides. Agustín Sotelo inició estridentemente pero suavizó la voz y logró una buena exposición.Rocío Mesino, de larga tradición de luchadora social, expuso con sencillez su propuesta basada en mantenerse en un hombro con hombro con el pueblo. Al final de su exposición tuvo algunos traspiés que se entiende pues el momento y el auditorio era una gran presión.

Javier Galeana mostró serenidad y mucho dominio del auditorio, claro que tiene experiencia pues ha sido Presidente Municipal y Diputado. Además se siente cobijado por el actual gobernador. En definitiva fue una buena exposición. Solo hay una manchita, quizá imperceptible: en su discurso dijo que está “por encima de izquierdas y derechas”, olvidando en ese lapsus que el PRD es un partido de izquierda.

Pablo Solís recibió la mayor aprobación del auditorio con un discurso enérgico y definitivamente de izquierda, identificado con el movimiento de López Obrador. Alcanzó a dar un rasguño a Javier Galeana al expresar que no se aceptarán imposiciones de candidatos desde la gubernatura. Creo que si la encuesta fuera en este momento, entre miembros del PRD, el ganador absoluto sería Pablo Solís. Pero ahí está el quid del asunto y Javier Galeana tiene mucho apoyo en gente que no es del PRD.

Al final, Catarino Secundino rompió el reglamento acordado de no insultarse y dedicó su discurso a atacar a Pablo Solís. De esta manera, los Barbones aparecieron en este momento político precisamente en la manera en que el pueblo identifica a ese grupo jugando además a favor de un candidato que por su propia candidatura. Obviamente, se llevó una rechifla y varios “fuera” . Se evidenció que el ingreso de los barbones a la lista de aspirantes fue con el ánimo de aprovechar la ocasión para hacer el mayor daño posible al que considera su enemigo político.

En conclusión, fue un evento muy bueno para la vida democrática del PRD pues se dio oportunidad a todas las voces de expresar su aspiración. Podemos estar en desacuerdo con la presencia de ciertas personas en esa lista pero eso sí, estamos todos de acuerdo en que todas las voces deben expresarse.